RELOJ DE SOL

Joaquín Pérez-Azaústre

Calvo Sotelo

NO tenía la audacia de Suárez, nunca pretendió una galanura plena de fortuna y fotogenia. Leopoldo Calvo Sotelo, su expresión impasible, educada y rígida, parecía de cemento como el programa de una ingeniería de Caminos, aburrido de todo, incluso de sí mismo, como una locomotora al expirar, y se mostraba hermético, indescifrable y amplio como la industria química. A todos estos asuntos se dedicó Leopoldo Calvo Sotelo, como directivo, consejero delegado o procurador en Cortes, hasta que en 1975 fue nombrado ministro en el primer Gobierno de la Monarquía. Su camino fue inverso al de Suárez, y precisamente por eso siempre se le ha comparado con Suárez: mientras que el primer presidente de la democracia tenía el encanto intrépido de un actor de Hollywood y era capaz de presentarse ante el mismísimo Frank Sinatra como un "colega de profesión" porque, en su juventud, actuó de extra en Orgullo y pasión, Leopoldo Calvo Sotelo era el estudioso bajo el flexo, el martillo pilón de los ajustes marcados por minucia y presupuestos. Parte de lo que le faltó a Adolfo Suárez, su sentida laguna formativa, fue un aluvión de sobresalientes y matrículas de honor en el expediente de Leopoldo Calvo Sotelo: en alguna ocasión, Suárez confesó ser un hombre consciente de sus limitaciones académicas, y por eso tornó esa conciencia en un pulso implacable contra él mismo, buscando su mejor versión posible.

Calvo Sotelo, en cambio, representaba, en la tradición erudita de la burocracia franquista, al político gris de formación tan sorda como densa: densa por copiosa, y sorda por su falta de empatía. Suárez, por el contrario, era la pura empatía. Había otra diferencia más profunda entre los dos primeros presidentes del Gobierno: que, mientras que Calvo Sotelo era un buen gestor para la calma, Adolfo Suárez se crecía en las situaciones de crisis: "Mi padre es para los momentos de emergencia", ha llegado a decir su hijo, Suárez Illana, cuya proyección política parece relegada a la no poco importante custodia de su legado político, que ya es un poco de todos. Suárez, el carismático, era un hombre de acción, y el riesgo era lo suyo, hubiera o no pistolas contra él. Calvo Sotelo, en cambio, era el hombre de la tranquilidad, aunque cuando cambió la vicepresidencia del Gobierno para Asuntos Económicos por la presidencia, tras la renuncia de Suárez, España aún despertaba del golpe de Tejero, el paro alcanzaba alturas de estropicio y cualquier discurso era magmático. Sin embargo, siempre supo bien la tierra polvorosa que pisaba. Cuando, muchos años antes, y siendo entonces ministro de Comercio, presidió una cena con los ganadores de la oposición de técnicos comerciales del Estado, le preguntaron: "Señor ministro, ¿quién cree usted que va a suceder a Carlos Arias Navarro, Fraga o Areilza?" Calvo Sotelo, entonces, respondió: "No se olviden ustedes de Suárez".

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