La Noria

Cambio de discurso

Las nuevas directrices del urbanismo municipal postulan medidas de impulso al turismo, la universidad y "el desarrollo humano" cuando lo urgente es utilizar el Plan General para atenuar la crisis económica

DECÍA Séneca que la vida se divide en tres tiempos: "Un presente brevísimo, un pasado cierto y un futuro, por lo general, dudoso". Sirva la frase para no incurrir en el viejo error de la nostalgia, algo en cierto sentido inevitable, pero nada fecundo, en los extraños tiempos de zozobra. Los datos del paro de esta semana -231.400 desempleados en Sevilla- destrozan las promesas de modernidad con la que durante los dos últimos lustros han venido alimentando su magra gestión una buena parte de los políticos municipales.

Ni somos ya una urbe rica -más bien éramos especulativos- ni decididamente en Sevilla ejercemos -salvo excepciones- de modernos. Aquí todavía andamos presumiendo del enorme impacto económico de la Semana Santa y la Feria cuando en el mundo real caen los sólidos imperios financieros de ayer y los capitales fluyen de manera tan inmisericorde que se da la cruel paradoja de que algunos de los que causaron esta debacle todavía siguen jugando a ser los inquisidores.

El desastre económico español, mucho más cruento en el Sur, como acostumbra a pasar desde hace siglos, obliga a hacer una renovación de las prioridades vitales y de los discursos políticos, so riesgo de no llegar a tocar fondo. Muy difícil se presenta en este agrio escenario social el trabajo de aquellos que, como Juan Espadas, el probable candidato del PSOE a la Alcaldía, tienen la misión de intentar ilusionar a la gente, al menos para que vaya a votar. ¿Cómo se ilusiona a alguien cuya familia está al completo en el paro?

Decididamente se han terminado los tiempos de las promesas vanas y las batallas estériles: el sueño del pleno empleo (que Monteseirín prometía para el año 2010), las operaciones de carácter estratégico (muchas de ellas varadas por falta de financiación) y, sobre todo, las constantes guerras orgánicas. Nada de esto le importa a la gente. Tan sólo sobrevivir. Los políticos municipales van a tener que poner de una vez los pies en el suelo, si es que pueden.

El modelo de Sevilla, del que tanta bandera partidista ha hecho la coalición PSOE e IU, está, en cierto sentido, destrozado. Deconstruido. Disecado. Basta ver el discurso inaugural del nuevo delegado municipal de Urbanismo, Manuel Rey, para darse cuenta de que algo no marcha bien.

Rey, que ha llegado, quizás de carambola, a uno de los cargos más envidiados para un político -tras la salida del Ayuntamiento del delfín del alcalde, Alfonso Rodríguez Gómez de Celis-, y que probablemente tiene por delante una gestión no superior a un año, debería centrarse en los próximos doce meses en intentar reactivar los tres grandes temas que tiene abierta la política municipal: la Encarnación, el Plan Impulsa y la construcción de viviendas de protección oficial. El primer asunto permitiría poner punto y final a un proyecto excesivo, fruto de los tiempos anteriores. Una verdadera sangría de caudales públicos a la que hay que pasar página. Los dos siguientes asuntos son las únicas palancas ciertas del Consistorio para intentar reactivar a corto plazo la actividad económica. Para ayudar a que el sector de la construcción, reorientado ya hacia el mercado real de la vivienda protegida, aguante el tirón.

No es que el nuevo delegado de Urbanismo de Sevilla haya sacado estos asuntos de su agenda, pero en la presentación de sus prioridades políticas -se entiende que también las municipales- aparecen de nuevo conceptos vacuos que recuerdan demasiado a la retórica de todos estos años previos. "Urbanismo apoyará a la industria turística, ayudará a la universidad y apostará por el desarrollo humano"(sic). En tiempos pretéritos, cuando algún geógrafo subjetivo insistía en que Sevilla estaba viviendo un renacimiento equiparable quizás al Quattrocento, igual hubiera colado semejante perorata lírica. Hoy día, con la que está cayendo fuera, se antoja tarea mucho más difícil. Más que justicia poética, lo que hace falta con urgencia es algo de realismo.

Porque debajo del discurso oficial -que no es sólo político; también tiene una derivación civil- late una realidad de la que muchos continúan sin querer darse cuenta. En el peor de los casos, esa realidad ahora es la que refleja un índice de paro insoportable para un país que dice ser desarrollado. Basta mirar la reciente encuesta municipal sobre la calidad del empleo en Sevilla -datos oficiales- para ver cuál es el panorama de los que están en situación más favorable (con trabajo): la subsistencia. ¿Si en los tiempos de vacas gordas en Sevilla nunca se ha creado suficiente empleo de calidad, qué pasará ahora? Sencillamente que el tejido social, y posiblemente la convivencia ciudadana, esa cohesión imposible, se resentirá. La vida será peor. Y esta guerra, que es la única cierta, no se gana en un día. Quizás necesitemos lustros. Incluso décadas.

El futuro, ciertamente, se antoja tan dudoso como decía el filósofo latino. No hay pues que mirar atrás. Ni para coger impulso. Sevilla no necesita más cantos de sirena ni fotomontajes de una ciudad inexistente. Hay que lograr que funcione la ciudad real, que es la de todos los días, la Sevilla (inter)media que se encuentra al borde de un precipicio cuyo fondo oscuro ni siquiera somos ya capaces de atisbar.

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