El balcón

Ignacio / Martínez

Cambio de guardia

LA ministra principal de Escocia ha dicho que es democráticamente inaceptable que se obligue a los escoceses a salir de la UE en contra de su voluntad. Someter problemas complejos a un simple sí o no es cuestionable. Resulta curioso que tres cuartas partes de los jóvenes británicos que votaron el jueves lo hicieron a favor de la UE y dos tercios de los mayores de 65 apostaran por largarse. Los viejos hipotecan el futuro de los jóvenes y no sólo los de su país. Creo que los jóvenes europeos podrían decir, como Nicola Sturgeon, que el resultado es democráticamente inaceptable.

Para evitar que decisiones drásticas se tomen por la mínima, ha habido referendos, como el de independencia de Montenegro en 2006, en el que se estableció una barrera de participación y una mayoría cualificada del 55%, que no se habría cumplido en el británico. Pensando en Quebec, la Ley de Claridad canadiense establece para la secesión una mayoría clara a concretar por el Parlamento, que tampoco sería un 52/48. Por un resultado mucho más ajustado aún, de 50,7 contra 49,3, los daneses rechazaron el Tratado de Maastricht en junio de 1992. Votaron que no por ese escaso margen para mantener la corona o el protectorado militar americano en la OTAN y, sobre todo, porque se pusieron a leer el Tratado. Y no hay quien vote a favor de estos complejos textos jurídicos después de empollárselos.

Eran otros tiempos y para que Dinamarca cambiara de opinión se le hizo un traje a medida. Se estableció una negociación rápida para dejarla fuera de la moneda única, la carta de ciudadanía europea, la política de seguridad y defensa, y los asuntos de justicia e interior. Se confeccionó un menú danés a la carta, como ahora proponen los seis países fundadores a todos los socios, para acabar con el desconcierto. De esa Europa de varias velocidades ya se aprovechaba Gran Bretaña, lo que no ha impedido su deserción.

Sobre el gran beneficiario de la victoria del leave se vuelcan ahora los focos. Conozco a Boris Johnson, con el que coincidía a diario en la sala de prensa de la Comisión Europea a finales de los 80 y principios de los 90. Era uno de los gamberros más divertidos que había entre los periodistas acreditados en Bruselas. Pero este antiguo alumno de Eton es muchas más cosas. El posible primer ministro conservador en octubre es un tipo muy culto, excelente polemista, gran provocador y magnífico demagogo. No sé si le encuentran parecido con alguno de los candidatos a las elecciones de hoy en España, en el otro lado del espectro político. Hay semejanza. Ayer, John Carlin sostenía que es difícil que haya en Europa un político más carismático, más erudito o más eficazmente populista que Boris. Nos quejamos de líderes aburridos y el desventurado referéndum británico nos puede traer en Londres un cambio de guardia que entretenga a la afición. Y, casi al mismo tiempo, otro similar y de sentido contrario en Madrid. Veremos que ocurre aquí esta noche.

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