la esquina

José Aguilar

Canal Sur se fue a negro

LOS trabajadores de Canal Sur Televisión fueron a la huelga el martes pasado en protesta por el cese de 35 de sus compañeros cuyas plazas han sido adjudicadas a otros tantos que aprobaron las oposiciones correspondientes. El paro, de dos horas de duración, se repitió el viernes.

La huelga interrumpió las emisiones entre las 12:30 y las 14:30 sin que apareciera ningún rótulo informativo que diera cuenta de la ausencia de programación ni de sus causas. Vamos, que la pantalla se fue a negro. Lo curioso es que durante ese par de horas los audímetros registraron una audiencia de 4.000 espectadores. Cuatro mil personas sintonizando una emisora que no ofrecía imagen ni sonido. Nada. Más espectadores que otros canales que ofrecían programas en esa misma franja horaria, por ejemplo La 2 o La Sexta. El propio segundo canal de RTVA emitió esa noche un informativo con la mitad de telespectadores que la pantalla en negro de la huelga.

Esto de que un programa que es en realidad un no programa lo siga una porción no desdeñable de espectadores tiene su guasa. Confirma que hay gente con una actitud tan pasiva ante la televisión que le da igual lo que le echen. Enchufan el aparato mientras hacen las faenas domésticas o descansan en el sofá y se tragan lo que salga de allí, aunque lo que salga sea nada. Pone en solfa, por otra parte, la supuesta necesidad de los canales de emisión de funcionar a todas horas, mañana, tarde, noche y madrugada, en sesión continua, como si suministraran una droga cuyos adictos exigen sobredosis.

Esta necesidad es, como casi todas, artificiosa y producto de una voluntad empresarial que no sabría yo decir de dónde surge y por iniciativa de quién. Lo que no se entiende es que las televisiones públicas, que se pagan con el dinero de los contribuyentes, sean creyentes y practicantes de esta secta del abierto todo el día. Y menos ahora que el dinero de los contribuyentes tiene posibles destinos muy disputados y las TV públicas, en especial las autonómicas, son objeto de un creciente cuestionamiento. Hay muchos y poderosos interesados en que se privaticen o se cierren a la mayor brevedad posible.

Personalmente defiendo, antes y ahora, la existencia de una televisión pública, con el solo matiz de que sirva para lo que su propio nombre indica: para dar un servicio público a base de información plural, formación e instrucción y ocio sano. No necesita competir con nadie ni preocuparse de batir récords de audiencia, sino cumplir la ley que la creó. Cierto que para eso no hace falta emitir veinticuatro horas ni funcionar como un ministerio. Ni ofrecer programas que despiertan menos interés entre los ciudadanos que cuando la pantalla se va a negro por una huelga.

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