Gafas de cerca

josé Ignacio / Rufino

Caras

LA expresión alegre no es el fuerte de los pájaros, y debe de ser por eso por lo que recurrimos a la cosa aviar y a la recova para hacer metáforas sobre la desolación: "Más mala cara que un pavo escuchando una pandereta", "más mala pinta que los pollos de Simago". La que acabó el domingo ha sido una semana donde las caras han ido mutando de la euforia campañera hacia la demudación, la palidez sudorosa, la crispación convexa de los labios y una apariencia general como de estreñimiento. Le sucedió a Cameron, que tiene toda la cara de un pájaro que siempre ha tenido el alpiste garantizado. Junto a su mujer, el pirómano del Brexit anunciaba su dimisión como quien anuncia al pueblo, con fatal resignación, que una explosión nuclear es inevitable. Por suerte, es él mismo quien lleva alojado un petardo en su interior. Como The Economist -un medio siempre en contra de la eurocracia de Bruselas, por cierto- ha denunciado, "lo impensable es irreversible", y este pájaro ha condenado a Gran Bretaña a una lucha demagógica que ha parido un futuro más pobre y aislado para un gran país que se ha disparado a los pies.

El fin de fiesta de una eternizada campaña electoral también nos ha deparado rostros muy sintomáticos, la mayor parte de ellos del tipo "¡glups! Tierra, trágame", excepto en dos casos: el de Rajoy, el ganador, cuyo rango expresivo es de cortísimo recorrido y mínima variedad, y el de Rivera, que inexplicablemente llegó exultante a la sala de prensa, como si no le hubieran abandonado un buen montón de miles de votos que han vuelto, pragmáticos y asustados, al PP del propio Rajoy. Los rostros del resto de contendientes estaban en el otro extremo: lo que suele decirse en jerga callejera "de verdadero corte de rollo". Sánchez, amortizado aunque salvó los muebles, ostentaba el mencionado rictus de boca convexa, mezcla de tensión y frustración, como previo al llanto. El que da más juego, como él precisamente promueve con su tremenda vis propagandísitca, tan contradictoria, es el que se le quedó a Pablo Iglesias. Similar al de algunos Cristos procesionales, mirando al vacío y hacia arriba: "Padre, ¿por qué me has abandonado?" (recuerden al protagonista de El Evangelio según San Mateo, de Pasolini). Por cierto, la cara de Errejón a su lado -hundido- era la de un colegial que, siendo favorito, ha perdido la final de baloncesto en categoría cadetes por una canasta en el último segundo. Enfadadísimo. Quizá por eso dijo, con mal perder, que son "unos malos resultados para España".

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