adiós a un icono de la transición Luces y sombras en la adaptación del PCE a la democracia

Juan Ortiz Villalba

Carrillo, una historia que acaba bien

Allá por los años cincuenta del siglo XX, el poeta Jaime Gil de Biedma, tío carnal aunque en modo alguno correligionario de Esperanza Aguirre, decía aquello: "De todas las historias, la más triste es la de España porque acaba mal". Por fortuna, tan aciago sino estaba a punto de cambiar. Los años sesenta fueron de extraordinario crecimiento económico y apertura al mundo. Y en los setenta, si bien la economía acusó los efectos de la crisis mundial de 1973, conocida como del petróleo, la muerte al fin del dictador en 1975 abrió paso a la democracia.

Un conjunto de afortunadas circunstancias históricas coadyuvaron a la implantación y desarrollo de ésta en España. Pero tal vez también la coincidencia de un puñado de personajes que pueden ser considerados providenciales y que abarcan desde el papa Pablo VI, convencido antifranquista, hasta el secretario general del Partido Comunista de España, Santiago Carrillo; pasando por el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, el rey Juan Carlos, los presidentes Adolfo Suárez y Felipe González, y alguno más.

De todos, uno de los más importantes fue sin duda Santiago Carrillo, quien en torno a aquellos años trascendentales tuvo bajo su influencia a las más organizadas y disciplinadas fuerzas de oposición a la dictadura: el propio PCE, el sindicato Comisiones Obreras y la plataforma de fuerzas políticas y sindicales reunidas en la Junta Democrática. Pero, a diferencia de otros protagonistas de la Transición, Carrillo además tenía un plan, cuyo objetivo era la implantación en España de una democracia, abierta a los más avanzados cambios económicos y sociales; y la estrategia para conseguirla, la movilización social más amplia.

Como todo político de altura, de principios, verdadero profesional y no vulgar oportunista, en la medida en que supo adaptarse a la realidad, cambiar de táctica cuando ésta lo requería y aún de objetivos a corto y medio plazo, Carrillo acertó, tuvo éxito e influyó sobremanera en la construcción y desarrollo del sistema democrático español. Pero en la medida en que permaneció agarrado a fórmulas que el rápido acontecer convirtió en impracticables, y en la medida en que no supo o no pudo llevar hasta sus últimas consecuencias la renovación ideológica de su partido, Carrillo fracasó.

En el primer caso nos referimos al "Gobierno provisional" que Carrillo propugnó más allá incluso del período constituyente; cuando ni la UCD de Suárez, dueña todavía de los resortes del mando, ni el PSOE de González, ávido por arrebatárselos, tenían el más mínimo interés en esa fórmula. Pero tampoco la inmensa mayoría de la población, deseosa más que nada de paz civil y estabilidad, parecía interesada en que se estableciera un peligroso y fluido interinato. A Carrillo debió cegarlo en este asunto el deseo voluntarista de que su partido, y él en persona, tocaran poder en ese hipotético Gobierno Provisional, lo cual podría ayudarles a ampliar decisivamente su influencia política.

Durante mucho tiempo pensamos que a Santiago Carrillo, en el diseño de la transición de la dictadura a la democracia a través de la política de reconciliación nacional, formulada ya en los años cincuenta y desarrollada durante los sesenta y setenta a través de propuestas como el pacto por la libertad, la huelga general revolucionaria, las mesas democráticas, las juntas democráticas, etc., lo había inspirado el modelo de transición de 1930-31 de la dictadura a la República.

Pero, cuando se lo preguntamos al propio Santiago Carrillo, nuestra sorpresa fue mayúscula. Pues lo que él recordaba ante todo de los primeros tiempos de la República, y no estaba dispuesto a que se repitiera, era el espectáculo de aquellas Cortes Constituyentes, perdidas a veces en debates estridentes, espasmódicos, delirantes; y la acción del Gobierno Provisional presidido por don Niceto Alcalá-Zamora, muchas veces contradictoria y errática. Él había sido testigo privilegiado de la Historia, como corresponsal parlamentario del diario El Socialista en las Constituyentes. "¡Detuvieron hasta al general Berenguer!", decía Carrillo. Entonces sí que reconocimos al Santiago de la Transición; reconciliador, realista, moderado, mesurado y constructivo.

Pero en lo que fracasó Carrillo, sin duda, fue en la renovación del PCE. El camino emprendido en ese sentido con la formulación del eurocomunismo, el socialismo en libertad, la renuncia expresa al leninismo y otros gestos, sólo podía desembocar en la socialdemocracia. Ahora bien, para conducir a ésta a tantos y tantos dirigentes y cuadros educados en el estalinismo más o menos consciente, hubiera hecho falta una renovación más profunda del PCE y tal vez una relación menos hostil y competitiva con el PSOE. Renovación incluso de líderes ¿pues qué hacía Santiago Carrillo, a sus sesenta y siete años, al frente del cartel del PCE todavía en 1982? El triunfo arrollador del PSOE de Felipe González en las urnas y el hundimiento del PCE, obligó a Carrillo a dimitir de la Secretaría General de éste y muy pronto a abandonarlo.

Una vez desprendido del PCE y tras el fracaso de su efímero Partido de los Trabajadores, Carrillo consumó su evolución ideológica llevando a sus más fieles amigos al PSOE, aunque él prudentemente se quedó fuera. Pero, sin Carrillo, la mayoría de los comunistas españoles se dispersaron, ora en el interior ora en el exterior de IU. En Italia el grueso del PCI hizo su camino hasta el Partido Democrático sin grandes escisiones ni sobresaltos. Pero en España aún está por constituirse, a la izquierda del PSOE, un partido totalmente desprendido de resabios leninista y estalinistas. Tal vez la Izquierda Plural de Julio Llamazares, que se organiza ahora, busque jugar ese papel. Aunque el nombre escogido para la nueva formación parece indicar una Izquierda Unida bis ¿Sin comunistas?

Interrogado en televisión sobre la masacre de Paracuellos, ocurrida por los mismos días en que él, un joven de veintiún años, trataba de hacerse con el control de las fuerzas dependientes de la consejería de Orden Público de la Junta de Defensa de Madrid, Santiago Carrillo respondía que, si había sido responsable de algo por omisión, cuarenta años de exilio eran ya una pena suficiente. Su impagable contribución a la convivencia democrática debe contar también en el balance de una biografía finalizada con el máximo reconocimiento y dignidad.

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