El análisis

Carta a los Reyes Magos

Este año aparece dominado por el fantasma de la incertidumbre y sería deseable para España que las políticas expansivas de precios no sean las que predominen en 2008

CON la vista puesta en el pasado 2007, la carta a los Reyes Magos de la economía española no puede estar sino llena de buenos deseos para un año que no se presenta fácil. 2008 aparece inundado por el fantasma de la incertidumbre, tal vez uno de los peores enemigos de la economía globalizada. Y es que la crisis que se abrió en agosto de 2007 llenó de desconfianza los mercados financieros, como si se tratara de campos de minas en los que ninguna entidad bancaria o empresa quiere caminar. Paralizados por este miedo, el riesgo latente impera sobre la capacidad y la necesidad de invertir y prestar fondos. De este modo, la maquinaria que engrasa las relaciones entre financiación e inversión se halla pues, estancada, y la mayor parte de los analistas coincide en señalar que lo peor está por llegar y que 2008 aparece como una año de transición y penitencia hacia una esperada recuperación.

En el caso español, resulta especialmente preocupante la situación de la inflación y, por encima de todo, rogaríamos a los Reyes Magos una cierta moderación y una sintonía lo más ajustada posible entre la situación de los precios en la economía española y las políticas del Banco Central Europeo, con el deseo general de que las políticas expansivas no sean las que predominen en el año venidero. Desearíamos también, que las políticas de gasto público, al margen de la (inevitable) concurrencia de elecciones generales, estuvieran caracterizadas por la moderación y por el mantenimiento del equilibrio presupuestario. Las políticas fiscales expansivas, en un contexto como el actual, solo podrían exacerbar el fantasma de la inflación. En paralelo, la fortaleza del euro trae buenas y también no tan buenas nuevas, ya que si bien disminuye el coste de la escalada de precios del petróleo, ha reducido considerablemente la competitividad exterior y el peso de las exportaciones. No podemos olvidar que el déficit comercial de España es el segundo mayor del mundo y lo que es peor, lo es en términos absolutos. Y, en este punto, debemos también preocuparnos por nuestro principal elemento exportador, el turismo, por su calidad y por la competitividad de nuestra oferta, sobre todo ahora que la expansión de la Unión Europea ha abierto un amplio abanico de posibilidades hacia el Este de creciente atractivo para los habituales clientes de nuestros hoteles y playas.

Con este panorama, tal vez los españoles no seamos aún lo suficientemente conscientes de que el margen que les queda a los sucesivos gobiernos en un área monetaria común es reducido a corto plazo y que las reformas estructurales -con los sacrificios que estas conllevan- sean tal vez sobre las que cabe situar nuestras esperanzas. De este modo, en esta carta de deseos para el nuevo año no estaría mal incluir todo tipo de medidas que eleven la productividad y flexibilicen aún más (a pesar de los avances en los últimos años) el mercado laboral. Del mismo modo, tal vez convendría que todos interiorizáramos la importancia de elevar la inversión en I+D+I y escalar en los rankings desde las poco menos que tristes posiciones en las que nos hemos situado, para nada acordes con el peso de nuestro país en la economía mundial. Puestos a pedir, y dado que ilusión no debe faltar, convendría aplaudir cualquier medida o cambio que propicie la reducción de la dependencia de la economía española en la construcción y en el sector inmobiliario. Es cierto que el propio devenir de este sector ha reducido este peso en los últimos años si bien, al margen de cambios coyunturales derivados del comportamiento cíclico, es preciso apoyar las iniciativas que persigan una diversificación de estas actividades.

La corrección del propio sistema financiero -con el endurecimiento palpable de las condiciones crediticias tanto para hipotecas como para actividad inmobiliaria- favorece que el sector de la construcción y los precios de la vivienda desarrollen el deseado aterrizaje suave tan esperado en los últimos años, no sin acarrear, de camino, una nada despreciable pérdida de empleo y beneficios empresariales. Y precisamente, en el sector bancario, la morosidad ha aumentado, si bien sigue en niveles tan reducidos como envidiados allende nuestras fronteras.

Eso sí, en el sector bancario nadie esperaba lo que el final del verano traía consigo y casi ninguna entidad financiera parece haberse quitado el susto del cuerpo. Es tiempo, en este terreno, de volver a pujar por la captación de ahorro y moderar la concesión crediticia, como mejor receta para incrementar la nada despreciable reputación de nuestras entidades bancarias en este contexto de desconfianza y, con ello, situarnos en una posición privilegiada ante el deseado (y esperemos que temprano) advenimiento y recuperación de la calma en los mercados interbancarios mundiales.

Y es que, en definitiva, las peculiaridades de la economía española y la fortaleza de nuestro sector financiero han constituido y son aún dos de nuestros mayores activos, si bien no estamos exentos de ciertas debilidades también propias y tradicionales, en la que nuestra escasa diversificación industrial y la evolución de la inflación aparecen, tal vez, como las eternas asignaturas pendientes. Por ello, esperemos de 2008 alguna sorpresa positiva en este aspecto y algún cambio marcado en estas tendencias que permita dibujar en el largo plazo un horizonte de esperanza y, más aún, de liderazgo.

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