EN TRÁNSITO

Eduardo Jordá

Casaquemada

VOY a aventurar una hipótesis: creo que las mujeres sufren más casos de alzhéimer que los varones porque las mujeres son capaces de pensar en diez cosas a la vez, mientras que los varones no lo hacemos nunca o sólo muy rara vez, y eso supone un desgaste mucho menor de nuestra capacidad mental. En unas pocas horas, pongamos que entre las 14 y las 15 de un día cualquiera, una mujer normal ha tenido que pensar en la comida que tiene en el fuego, en el suavizante de la lavadora, en una llamada del trabajo, en la canguro que no llega a tiempo, en el calcetín que se ha aparecido sobre una butaca y en la llamada urgente al fontanero.

Y esto es sólo un aperitivo. Después llegarán veinte cosas más en las también tendrá que pensar: la cuidadora de su madre (una rumana que dice que se va y que no vuelve), otra llamada del trabajo (¿dónde se ha dejado Romerales el informe del abogado?), la compra del supermercado o la nueva llamada de la canguro de los niños, esta vez diciendo que llegará tarde del colegio. Y ese desgaste es terrible. El esfuerzo de escribir Guerra y paz no es nada comparado con esta lucha titánica contra el tedio y la rutina y el vacío. Poco a poco, el disco duro cerebral se va borrando. Y un buen día todo es oscuridad.

Lo pensaba la semana pasada, viendo a Adolfo Suárez caminando del brazo del Rey por los jardines de Casaquemada, su casa en Madrid. Por una de esas casualidades que a veces ocurren, Casaquemada es el mejor nombre que podemos ponerle a Adolfo Suárez y a todo lo que representó. Desde hace casi una década, Suárez sufre alzhéimer. Todo se ha borrado de su mente. Y en cierta forma, a muchos españoles les ha pasado lo mismo. Pronuncias el nombre de Suárez y sólo la gente que tiene más de cuarenta años tiene una idea aproximada de quién fue. Casaquemada: ésa parece ahora su única historia.

Suárez tuvo mala suerte. Nunca fue bien visto ni por lo que llamamos derecha ni por lo que llamamos izquierda. Era astuto, incansable, pragmático, contemporizador -y eso se veía en su momento como un cúmulo de defectos-, pero también era un seductor (se dice que enamoró a algunas de las mujeres más hermosas de aquellos años), y eso también se veía como un defecto, o peor, casi como un vicio. Recuerdo que lo comparaban con un personaje de Balzac, con Eugène de Rastignac, y lo acusaban de ser un ambicioso sin escrúpulos. Y es cierto que Suárez tenía algo de personaje de Balzac (aunque los políticos actuales sólo cabrían en una novela de Ruiz Zafón), pero si pensamos en los turbulentos años de la Transición, uno se pregunta cuántas cabezas tenía Suárez para pensar en tantas cosas al mismo tiempo. Por eso, supongo, llegó un momento en que su mente se oscureció. Y todo se convirtió en una casa quemada.

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