Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Cassette

FUE el primer soporte realmente portátil para la música, como reafirmó en los 80 el walkman, y, lo más importante, el que facilitó la creación y edición casera. Mucho antes de popularizarse las videocámaras, los recuerdos familiares, voces y canciones, se grababan en el magnetofón, y con él, en las cassettes. Esas cintas "compactas" que terminaban enrolladas en el peor momento, desvirgadas por un bolígrafo Bic para ahorrar pilas. En esta semana el cassette cumplía medio siglo aunque para las nuevas generaciones una buena TDK 90' de metal, tan cara y preciada como creíamos, es una pieza digna del Neolítico… lo que realmente es.

El cassette es la prehistoria de las nuevas tecnologías: el primer soporte que permitió a cualquier anónimo fabricar un contenido o copiar el productor de otro y compartirlo al menos con el vecino de escalera. La intuición de cosas que estaban por inventarse y la profecía de los hábitos de consumo futuros. La revolución, o más bien la atropellada evolución, audiovisual comenzó con el micrófono de un radiocassette, donde se grababan voluntariosos programas artesanos de radio; y el siguiente escalón fue la doble pletina, cuando ya se podía grabar, en fin, piratear, sin interferencias cualquier otro cassette. A las nuevas generaciones, los que tal vez comienzan a descubrir que en un periódico de papel la información se lee mucho mejor (incluso con placer) que en una pantalla que se disuelve entre los dedos, les debe divertir contemplar todo un armatoste como un cassette de 60 minutos, tan analógico, tan cachivache, tan obsoleto, tan frágil, pero tan perdurable. De eso hace 50 años, cuando el hombre de las cavernas descubrió el fuego de grabar su voz y darla a escuchar a sus amigos. A partir de ahí, el VHS, el compact grabable, el napster, el email, el youtube. Un mundo que se quedó pequeño en medio siglo.

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