hoja de ruta

Ignacio Martínez

Castro se ríe

TENGO delante dos fotografías. En una de ellas hay un tipo que ríe abiertamente, aunque le falta llaneza y cordialidad a su ademán. Parece tenso, como si forzara la mueca de la risa para la foto. Aparece de la mano de una figura hierática, a la que mira desde unos ojos negros y pequeños. La figura que atrae su atención mira al vacío desentendida de lo que la rodea. Su mirada está como ausente y esboza una sonrisa boba. Parece una figura de cera.

Pero no; estamos en Cuba hace diez días y el presidente iraní Ahmadineyad visita al comandante Fidel Castro. Un sátrapa de edad intermedia visita al decano de los dictadores del mundo, con más de medio siglo de ejercicio. Son dos hombres separados por treinta años de edad. El mayor está en la inopia, pero el más joven le agarra de la mano con fuerza, como un niño posaría en un museo al lado de la escafandra de uno de los astronautas que pisó la Luna.

La segunda fotografía muestra a un hombre joven, que mira con unos ojos tristes bien abiertos a la cámara. En su mano izquierda, la misma con la que el dirigente iraní asía la mano del dictador, el joven triste de la foto tiene prendida una bandera cubana. Lleva una camiseta de la disidencia, con la denuncia de un preso político condenado a varios años de cárcel. La habitación tiene un aspecto lúgubre, con ladrillo sin enfoscar, y no tiene el confort de la estancia anterior.

El 10 de septiembre, cuando fue tomada la fotografía, nos miraba un hombre libre de 31 años, Wilman Villar. El jueves por la noche murió en Santiago de Cuba, tras 50 días de huelga de hambre, para protestar por una condena de cuatro años de cárcel por desacato, atentado a la autoridad y resistencia. Por disidente, para entendernos.

Pero para la dictadura castrista no está lo bastante muerto. Ahora la propaganda estalinista dice que era un delincuente común, que le pegaba a su mujer. Yoani Sánchez, una de las blogueras más famosas del mundo, se mofa de ese intento: "Somos 11 millones de delincuentes comunes, cuyas tropelías van desde comprar leche en el mercado negro hasta tener una antena parabólica. Somos una población cuasi penitenciaria a la espera de que la lupa del poder se pose sobre nosotros y descubra la última infracción cometida. Ahora, con la muerte de Wilman Villar Mendoza vuelve a repetirse el viejo esquema del insulto estatal. Todo porque el Gobierno cubano no puede permitirse que quede un resquicio de duda en la mente de los adocenados televidentes. Sería muy peligroso que la gente empiece a creer que un opositor puede sacrificar su vida por una causa, ser un buen patriota y un hombre decente".

Y mientras el drama del joven atenaza a su familia, amigos, compatriotas, el viejo dictador sigue con su sonrisa boba en la primera de las fotos. Y me viene Benedetti a la cabeza: ¿de qué se ríe?

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