La tribuna

fernando Bejines Rodríguez

Catedral y Mezquita

Aestas alturas, cualquier nuevo comentario sobre la(s) polémica(s) en torno a la Mezquita-Catedral de Córdoba pudiera parecer redundante, pero convendría no renunciar a seguir reflexionando ahora que lo encendido ya no deslumbra. Sin entrar en ortodoxias legalistas, es probable que las partidas iniciales de esta disputa se hayan terminado maleando por distintas formas de "apropiación indebida": una Junta que reacciona tarde y mal, cuestionando con poco convencimiento la propiedad material de la construcción, y un Obispado que no sólo quiere ser y ejercer como propietario del edificio sino que pretende apropiarse de la forma en la que la Humanidad lo entiende.

En igual medida que la reconversión del primitivo alminar almohade de la aljama sevillana en la posterior torre campanario de la catedral hispalense fue un éxito acreditado por la Historia, la "conversión" y reconversión, que no es lo mismo, de la primitiva Mezquita Omeya en la actual Catedral de Córdoba ha sido un empeño histórico complejo, de un cierto fracaso relativo; un propósito intervencionista que no logró interiorizar la plenitud buscada en la sacralización católica de todo este inmenso y excepcional espacio columnario, por lo que todavía hoy se sigue entendiendo mayoritariamente que sus transformaciones cristianas son yuxtaposiciones arquitectónicas no bien resueltas.

Este planteamiento no es un esnobismo contemporáneo, sino que ya estuvo presente desde el mismo momento de la construcción interior de la nave mayor renacentista cuando se sentenció aquello, dijera quien lo dijera, de "habéis destruido lo que era único en el mundo, y habéis puesto en su lugar lo que se puede ver en todas partes". Como desde aquí no se va a cuestionar la propiedad de la Mezquita-Catedral de Córdoba, permítanme que sí intente, al menos, que aquellos que pretenden que el resto del mundo veamos en ese edificio solamente la Catedral de la Asunción de Nuestra Señora entiendan que su verdadera dimensión universal sobrepasa irremediablemente ese empeño.

Como en Santa Sofía de Estambul, donde su "conversión" y reconversión durante siglos en mezquita nunca suprimió su entendimiento como la basílica de Justiniano, en Córdoba el legítimo uso católico de su catedral no debería enfrentarse, por tirios o troyanos, a la conciencia social de que patrimonialmente la gran mezquita de Occidente sigue existiendo. En Sevilla la construcción de una enorme catedral gótica de nueva planta sobre toda la superficie de su aljama derribada fue tenido por empeño de "locos", pero en Córdoba eso no ocurrió porque esa misma pretensión hubiera sido obra imposible de titanes. Por lo tanto, necesariamente, desde la importancia que el patrimonio cultural tiene para nuestras identidades colectivas, por no hablar de otras repercusiones menos líricas, y desde la fortuna inmensa de que se haya conservado esencialmente este prodigio histórico y artístico, no nos queda otra opción que asumir que Córdoba tiene una catedral diferente a las demás porque sigue siendo la reconversión de una mezquita, y no precisamente de una mezquita cualquiera. Si su confesionalidad católica no está en cuestión desde hace casi ochocientos años, tampoco debería estarlo su condición patrimonial universal como el edificio islámico más importante de Occidente.

Pretender monopolizar doctrinal e integralmente como catedral católica este excepcional y consecuente legado de nuestra historia convertiría, por ejemplo, en difícil de justificar el cobro de 8 euros por persona para acceder a la casa de Dios. Pero si entendemos que su función religiosa tiene que ser compatibilizada, e incluso condicionada (en el buen sentido), por su uso como patrimonio cultural, que es el motivo por el que hay personas de todo el mundo dispuestas a pagar esos 8 euros, habrá que ser consecuentes con no cuestionar por asuntos de fe lo que hay de valor universal en ese edificio, aunque eso tenga nombres tan poco católicos como maqsura o mihrab.

Independientemente de cualquier otra polémica, es importante recuperar con naturalidad institucional la denominación pública, ampliamente aceptada y ampliamente representativa de su propia existencia, de Mezquita-Catedral de Córdoba. El uso de esta terminología nunca fue problemático hasta que se empezó a cuestionar desde los púlpitos con un ambiguo discurso de interesadas matizaciones y ponderaciones.

Entre las jerarquías eclesiásticas cordobesas siempre hubo una cierta incomodidad con esa fórmula popular de entendimiento, oficiosa pero generalmente asumida, por la que toda la superficie de la antigua mezquita era templo católico pero sólo la nave de su Capilla Mayor era Catedral en sí misma. Sin embargo, habrá que reconocer que con este nuevo y pretendido entendimiento oficialista de "Catedral sin Mezquita" se produce una ganancia de gran trascendencia, sobre todo para nuestro gusto andaluz por la desmesura: ya no hará falta ir a San Pedro del Vaticano en Roma para visitar el mayor templo católico de la Cristiandad. Bastará con atravesar el Guadalquivir por "la" puente vieja de Córdoba y revisar convenientemente todos los libros de Historia.

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