UNO se agarra al centrismo entendido como moderación, apertura y tolerancia, y el otro es el adalid del talante, que se las ha apañado para que talante signifique buen talante, es decir, capacidad para encajar, atención al adversario, transigencia y bondad.

Pero lo que predican Rajoy y Zapatero para fuera de sus partidos no lo practican dentro. A la sociedad le ofrecen diálogo y comprensión ante la discrepancia, y a los discrepantes propios los laminan sin misericordia. La manera brutal en que Rajoy se vengó de sus críticos sacándolos del nuevo comité ejecutivo del PP lo dice todo. Al enemigo -interno-, ni agua. Y no era sólo una reacción en el fragor de la batalla congresual. Semanas después, cuando no le acababa de convencer ninguno de los tres aspirantes a presidir el PP de Cataluña, mandó una cuarta directamente desde Génova, Alicia Sánchez Camacho, que ha tenido el dudoso mérito de dejar a su partido sin escaños en Gerona (caso único en España). Pero era la candidata de Rajoy y será, pues, la presidenta del PP catalán.

Zapatero es más taimado, pero tampoco se anda con chiquitas. Si se fijan bien en su trayectoria, ha ido quitándose de enmedio a todo aquel compañero que le haya hecho sombra o él haya sospechado que se la puede hacer: amigos y camaradas que le ayudaron en la travesía de León a la Moncloa, enemigos neutralizados con puestos de relumbrón, ministros solventes con el defectillo de disponer de un pensamiento propio, dirigentes que han tenido la desgracia de perder elecciones autonómicas o municipales, líderes punteros que no le dicen sí, buana o no responden a los arquetipos del zapaterismo (joven, mujer, miembro de una minoría)...

La última operación de ZP a este respecto se está viviendo en el congreso federal, con el cambio de la mitad de la ejecutiva y la liquidación de los barones territoriales (secretarios regionales y presidentes autonómicos). En otro tiempo los barones han tenido un poder excesivo en el Partido Socialista. Eso se acabó. El problema será ahora que nadie va a tener poder en el PSOE salvo la ejecutiva federal renovada, o sea, Zapatero mismo. Ningún secretario general socialista de la democracia ha podido jamás dirigir este partido con las manos más libres. Felipe González tenía a Alfonso Guerra como contrapeso. Zapatero no tiene a nadie. Porque no lo admite.

De modo que Zapatero y Rajoy, Rajoy y Zapatero, están unidos por un designio de poder y ambición en el que combinan la moderación que les hace conquistar los votos de los ciudadanos y la mano de hierro con la que gobiernan sus organizaciones (lo que también les sirve para que les voten). No sé si ha de ser forzosamente así.

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