EL ministro de Asuntos Exteriores y Cooperación, José Manuel García-Margallo, informó al Congreso el miércoles de que cerrará la sede del Instituto Cervantes en Gibraltar. Esta atípica ubicación, a qué negarlo, se abrió hace casi cuatro años -abril de 2011- y como fruto de los Acuerdos de Córdoba que España, Reino Unido y Gibraltar firmaron en septiembre de 2006 en la ciudad andaluza. Fue, en realidad, el último impulso del Gobierno socialista de Rodríguez Zapatero a la política que se practicó bajo el paraguas del Foro de Diálogo, una fórmula que decayó tras la marcha de Miguel Ángel Moratinos del Palacio de Santa Cruz, pues su sucesora, Trinidad Jiménez, lo paralizó ante el interés de Gibraltar de cambiar el marco establecido, tratando de llevar asuntos de soberanía, como la reclamación de aguas territoriales, inexistentes en virtud del Tratado de Utrecht, que es el que legitima la posesión de la Corona británica sobre la Roca. Con el cambio de Ejecutivo español, el Foro no sólo quedó en suspenso, sino que se transmutó de inmediato en historia. Incluso en materia que rectificar, ante la convicción del Gobierno del PP de que es un error enorme tratar a la colonia en el mismo plano en el que están los estados soberanos que mantienen el Contencioso. Pese a esta postura contraria a los Acuerdos de Córdoba, no entendemos la medida del cierre, por extemporánea, en primer lugar, y por ineficiente para el interés español. Extemporánea porque se habría entendido más si se hubiese eliminado nada más llegar Mariano Rajoy a la Moncloa, aunque habrá sido tan desatinado como ahora. Porque el Instituto Cervantes cumple -hay decisión política de cierre pero no fecha para la clausura- una importante labor que debe ayudar en el tiempo a revertir el anacronismo que es Gibraltar en la Unión Europea del siglo XXI. El Cervantes del Peñón tiene demostrada una importante demanda de alumnos, más de cuatro mil, y ha necesitado por ello aumentar su dotación de aulas; es uno de los principales animadores de la vida cultural de la Colonia, con el potencial que eso representa para el interés nacional. Y aún es el único centro oficial español en el que se permiten los símbolos de España en Gibraltar. Sólo por esto es un error. Pero hay más razones: el Cervantes cumple una misión cuasi diplomática, con un diplomático al frente y con excelentes resultados. De hecho, molestaba a Fabian Picardo, una razón para mantenerlo. Pero sobre todo, en su principal función, la promoción del español, está haciendo un trabajo excepcional. Yerra el ministro con su ocurrente frase sobre el idioma y los simios. Porque sí se habla, pero un español por ósmosis con graves carencias gramaticales y ortográficas que se deben corregir en pos de la anhelada recuperación de Gibraltar.

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