Sebastián De La Obra

Chamizo, en la ruleta institucional

La renovación del Defensor del Pueblo se convierte en una partida de póquer para los partidos

HACE un par de semanas, aparecieron todos juntos en la foto. Tienen debilidad por ver su imagen impresa (y sienten celos cuando la de otros aparece más). En la foto fija todos sonríen (lo hacen por cualquier cosa y en cualquier caso). Pasados varios días se han vuelto a encontrar. Han dudado si jugar a la ruleta o al póquer, al fin se decidieron por éste último. Ocultos los cuchillos, van a comenzar la partida.

Primero fijaron el sitio, inmediatamente después se fijó el tiempo: la partida debe concluir en menos de dos meses. Se decide de común acuerdo la cantidad que cada jugador deberá disponer para el juego. Aunque todos lo saben, se recuerda la jerarquía de las diversas manos: pareja, dobles parejas, cinco figuras, tríos, escalera, colores, fuljan, póquer del mismo color, repóquer con comodín, escalera de color... Los codos de los jugadores descansan sobre la mesa. Hacen el ademán de apagar los móviles (ninguno lo hace, estarían perdidos). Piden varios vasos de whisky que lentamente se irán reponiendo. Comienza la partida (y las trampas). El primero pone un billete sobre la mesa. La segunda de los jugadores va alisando los billetes de la apuesta. El tercero, situado a la izquierda, encoge los hombros. Los que tienen más experiencia, como los viejos tahúres, esperan valerse de algún juego para llevarse lo apostado por el más inexperto e incauto.

Mientras juegan inician una conversación sobre las vacantes que se deben cubrir en varias instituciones... Uno pone en duda que la ley permita renovar; otro dice que es hora de un cambio de aires (ellos deciden el aire que quieren respirar); el tercero, el que está situado a la izquierda, vuelve a encogerse de hombros. En un momento los tres abren la boca sin decir nada y sus seguidores fingen un eco. Alguien abre la ventana para ventilar... Uno intenta ver las cartas de los contrarios, un viejo truco que en el argot profesional se conoce como espejo de Claramonte. La segunda se decanta por poner en práctica la fullería de Lamedor, una treta consistente en dejarse ganar al principio para aparentar que cede... Y el tercero desarrolla una antigua forma de hacer trampa: ponerse de acuerdo con otro jugador para cantarse las cartas mediante señas y así saber cuándo apostar y cuándo no.

Todos utilizan pequeñas marcas en las cartas más valiosas. Se van sucediendo los faroles, cortes falsos, enfiles, vistazos, palos vacíos y empalmes. Ella abre juego (y se cierra la ventana). "Voy por tanto", dice. El segundo acepta el envite y deposita la misma cantidad. El tercero se ve sorprendido y gesticula, intentando obtener alguna ventaja o complicidad. Aparece un fotógrafo, vuelven a sonreír. Se interrumpe la partida para volver a posar ante un grupo de curiosos, aspirantes a la fama, algún vagabundo, ex altos cargos con expectativas de futuro, varios funcionarios despistados y gentes sin oficio ni beneficio. La mayoría de la población está ajena; ni siquiera conocen que la partida se está celebrando. Estos juegos se desarrollan, normalmente, con precisión increíblemente ajena a la realidad. El asedio y la partida continua. Aceptamos impávidos esta perenne simulación. En la conversación que mantienen los jugadores aparece, esporádicamente, un nombre: José Chamizo de la Rubia. Un verdadero trapero. Alguno a su tono desacorde le acompaña un gesto descarado: lleva demasiado tiempo, dice. Ni rastro de admiración. Desolado el paisaje. Otra disimula la carta que le interesa y realiza un elogio desdibujado. El tercero plantea no hablar de nombres sino de tareas (en su bolsillo lleva cuatro estampas con nombres propios).

Todos saben que la picaresca se puede emplear, en principio, como uso de recíproco recibo. Este nombre, José Chamizo de la Rubia, ha dignificado durante décadas a las criaturas más nímias, olvidadas y descartadas. Este hombre (y un excepcional equipo) ha logrado que la institución que encabeza haya alcanzado la cota más alta de popularidad. En el teatro carcomido de la política institucional, su voz ha sonado justa y veraz. Este hombre (y su excepcional equipo) ha recibido mil veces a quienes necesitaban una foto para demostrar que existían. Alertó del incendio en El Ejido. Visitó cien veces las carceles. Escuchó a las jóvenes que se prostituyen extramuros. Señaló todos y cada uno de los artefactos que convierten nuestras ciudades en lugares inhóspitos (contaminación visual le llaman). Señaló con el dedo a quienes fomentaron y toleraron las denominadas urbanizaciones ilegales. Enfermos, desamparados, ancianos, migrantes, desahuciados... han tenido las 24 horas del día, quienes les escuchen y atiendan. Ahora que es más necesario que nunca lo van a convertir en una letra de cambio. José Chamizo de la Rubia en la ruleta institucional.

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