Desde mi córner

Luis Carlos Peris

Chaparro trajo la normalidad

Convendría que, con el trianero, el Betis actual dejase de ser esa especie de Saturno que devora a sus hijos

AFORTUNADAMENTE, el Betis ha encontrado en su casa lo que le hacía falta y la verdad es que ya hay que ser torpe para tardar tanto en encontrar algo tan cercano. Con Paco Chaparro ha llegado la coherencia al camerino verde, blanco y verde, por lo que sus frutos están llegando cuando ha transcurrido el tiempo suficiente, cuando las cosas ya no son fruto del azar, sino de los conocimientos que atesora. Y el Betis, su Betis del alma, norte y guía de su vida desde su infancia en la raya que delimita Triana con Los Remedios, al fin se está aprovechando de su competencia, que ya dice el adagio que más vale tarde que nunca.

Dicen los que le tratan que a Lopera le está fastidiando la presión mediática que desde algunas trincheras se está haciendo para su renovación. Eso dicen, pero es que a mí me consta que a él, a Francisco Chaparro Jara, también le choca este estado de cosas. El solo hecho de que los béticos puedan pensar que un bético como él quiere aprovecharse de estos resultados tan buenos para arreglar su futuro es algo que le desquicia. Su alma de bético irredento que, al fin, se vio correspondida profesionalmente no le permite sembrar el mínimo asomo de ventajismo y piensa lo mismo que Lopera aunque los caminos hacia ese pensamiento común sean muy distintos.

Ahora bien, convendría que un bético como él obtuviese la consideración que merece para que, sobre todo, el Betis volviese a ser un club normal y no esa especie de Saturno que va devorando a sus hijos más preclaros. Tras el último y brillante triunfo ha aparecido Lopera en sus trincheras para decir que todo se andará cuando el equipo esté a salvo, cuando haya cumplido el objetivo que él mismo le ha creado. Esperemos que a Chaparro, ese milagro, no le dé el trato que le dio a Serra. Por cierto, puede que Lopera haya sido único presidente que no le despidió. Más que el que no le despidió, digamos que fue el único que ni siquiera se dignó a recibirle para decirle adiós.

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