palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Chicos tiernos

EL viejo Aristóteles, en la Retórica, define el patetismo, esto es el pathos, como un recurso de persuasión destinado a cambiar los sentimientos de los jurados de los tribunales. El pathos, según los griegos, equivale al sufrimiento existencial aunque ahora sus herederos (¡cosas del futuro!) se limiten a pagar injustamente el pato organizado por la avaricia sin límite de los mercados. Pues bien, ayer la sala de audiencias de Málaga rebosó tanto de pathos como de pato sin pagar. O dicho de otro modo, de patetismo teledramático y de inocencia altisonante. Después de 22 meses y 199 sesiones judiciales concluyó el juicio por la Operación Malaya, el mayor escándalo de corrupción política y urbanística jamás habido, y los acusados, en el turno de despedida, para estar a la altura de semejante exhibición, contribuyeron con sus soliloquios a una estremecedora apoteosis llena de babas, lágrimas y desgarradoras declaraciones sentimentales. Se me hizo difícil leer la crónica de las exculpaciones sin un sentimiento de compasión. Hay mucha gente que no concibe una buena película sin un final lacrimógeno. Y de los juicios podemos pensar igual, sobre todo de juicios que parecen contener en sí mismos la historia de la depravación (de la burbuja de fuego inmobiliaria).

Reproduzco algunas perlas que los amantes de los clásicos no debemos olvidar. Roca se compara con el asesino de Mari Luz y dice que él tiene las manos limpias de sangre pero que pagará más cárcel. Un argumento digno de un romance de cordel, aquellas composiciones épicas que sólo celebraban como crimen las puñaladas y los hachazos. Y una descripción personal: "He podido oír en esta sala a algún funcionario de Policía decir que soy un delincuente cuasi patológico, casi genético". Lo que antes se llamaba la "masa de la sangre".

En el alegato de Julián Muñoz se entrevé la huella de Calderón: "Se me conoce como un ladrón porque un iluminado de Dios y la justicia le ha dado por decir eso". A otro artificio clásico, el del desdoblamiento, recurre Pedro Román, el colaborador de primera hora de Jesús Gil: "Exijo una sentencia en la que se aplique la ley y no se tenga en cuenta que me llamo Pedro Román". El constructor Sandokán, no el de Salgari, prefirió recurrir al patetismo doméstico de las citas literales; "Mi mujer el otro día me preguntó: 'Oye Falete, ¿no te ha dado nunca por ahorcarte?". Ávila Rojas, analista económico, en concordancia con los tiempos, declaró: "Fue el comienzo de la crisis en España". Y luego Olivo y Cristóbal Peñarroya, con la voz rota... Todos chicos tiernos, arrepentidos o sentimentales, que arrasaron, según las pruebas, Marbella, el Ayuntamiento, y organizaron la mayor orgía de corrupción conocida.

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