La esquina

José Aguilar / Jaguilar@grupojoly.com

Chivos expiatorios

UNA buena proporción de españoles, creo que más de la mitad, están convencidos de que nuestros políticos roban a mansalva. De ese dato se pretende deducir que sí, que quien está en política -inciso: en política estamos todos, queramos o no; la frase se refiere a los que se dedican a la política activa y viven de ella- lo hace para aprovecharse de ella, para trincar todo lo que pueda.

No lo veo yo tan claro. El dato sólo refleja lo que los ciudadanos encuestados han dicho que piensan. Pero pueden no decir la verdad, y pueden también, aun diciéndola, estar equivocados, o sea, tener una percepción errónea de lo que realmente pasa. Demasiadas veces los sociólogos que se dedican a escrutar a la opinión pública convierten las impresiones ciudadanas en dogmas de fe. Es como aquel que glosa las bondades de comer mierda en base a que millones de moscas no pueden estar equivocadas si se dedican a tal menester.

Lo he dicho más de una vez: los políticos no son diferentes de los demás colectivos. No son marcianos que de pronto han caído sobre nosotros, cargados de vicios y hábitos malsanos de los que los otros estamos exentos. No funcionan como debieran y como se espera de ellos, pero ¿acaso no sucede lo mismo con otros muchos colectivos profesionales con los que tratamos a diario? No pongo ejemplos para no herir susceptibilidades siempre a flor de piel corporativista, pero todos ustedes los conocen y los sufren. En España hay bastantes chapuzas, y muchas de ellas tienen que ver con el dinero incorrectamente ganado.

Sé que no convenzo de esto ni a mis amigos, pero después de muchos años de tratar a los políticos -y milagrosamente inmune al síndrome de Estocolmo- debo admitir que la gran mayoría de ellos son honrados. Acuden a la política por una singular combinación de afán de servicio, vanidad, ambición, ansia de protagonismo y deseos de mejorar la vida de la gente. Pocos se deciden a militar con el propósito deliberado de enriquecerse. Luego ocurre que la tentación puede asaltarles durante el ejercicio de algún cargo público, pero no se trata de una tentación de distinta naturaleza a la que planea sobre otras actividades.

Por diversas causas la mal llamada clase política aparece cada vez más instalada en la mediocridad. No, sin embargo, en la deshonestidad. ¿Por qué entonces la tomamos con ella hasta el punto de creer, y declarar, que roba a manos llenas? Creo que a los políticos los usamos como chivos expiatorios. Exorcizamos nuestros defectos atribuyéndoselos a ellos. Meterse con los políticos siempre ha sido un deporte nacional. Practicándolo alejamos de nosotros los males que no queremos reconocer como propios.

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