En tránsito

eduardo / jordá

Claudicar

SI las televisiones sirvieran para algo, cada año emitirían un resumen de lo que pasó en Alemania en los meses previos a la llegada de Hitler al poder. ¿Qué pasó para que alguien que no ocultaba ninguna de sus siniestras intenciones se fuera ganando poco a poco la mente y el corazón de la gente? ¿Cómo fue posible que un genio diabólico cargado de odio y de palabrería hechizara a gente inteligente, culta, sensible y en el fondo con buen corazón? Algo muy sencillo: Hitler era el único que creía en sus posibilidades y era el único que estaba decidido a hacer lo que fuera para llegar al poder. Todos los demás -comunistas, liberales, socialistas, centristas, católicos- dudaban y pasteleaban y competían entre ellos sin formar un frente común contra la gran amenaza que se les venía encima. Y mientras tanto, las frágiles instituciones de la República de Weimar se iban viniendo abajo sin que nadie hiciera nada por sostenerlas. Lo cuenta muy bien Ian Kershaw en su biografía de Hitler. Pero también lo cuenta muy bien, aunque en otro contexto, Manuel Chaves Nogales en su espléndido libro sobre la caída de Francia en 1940. Para Chaves Nogales, las causas de la derrota francesa fueron muy simples: "La falta de fe no sólo en los hombres, sino en las ideas y en los sistemas, y la íntima convicción de la inutilidad de todo esfuerzo colectivo, habían creado un ambiente de claudicación y un sentimiento de derrota".

Y eso mismo es lo que está ocurriendo ahora entre nosotros. El único relato que se ha impuesto es el de unos jóvenes que dicen ser socialdemócratas pero que en realidad sólo sueñan con hacerse con el poder -con todo el poder- con el mismo frenesí insaciable con que soñaba el Gollum de El Señor de los Anillos con poseer el anillo mágico ("Es mío, es mío"). Que esos jóvenes, camuflados en las sonrisitas postizas, pretendan destruir todas las instituciones de una democracia representativa para sustituirlas por su propia versión de la "democracia real" -en la que el poder estará sometido a sus caprichos- es algo que no parece preocupar a nadie. Y todo el mundo pastelea o se traga las promesas sonrientes sin pensar en lo que ocultan ni en lo que incluso anuncian descaradamente. Y lo peor de todo es que si dices esto, miles de personas te consideran corrupto, vejestorio y aguafiestas. Pues muy bien, por mi parte, dicho queda.

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