La tribuna

abel Veiga Copo

Colombia, la paz necesaria

LA paz es posible. Colombia mira a sus entrañas, a su pasado desde un presente esperanzador. A un desgarro que le ha partido su identidad y alma demasiado tiempo. A su realidad, teñida de sangre y víctimas. Llega la paz. ¿Están los colombianos preparados para la misma? Tiene que llegar la reconciliación, el perdón y, sobre todo, la justicia. El Gobierno y las FARC acuerdan el cese el fuego y de hostilidades definitivo. Cincuenta años de guerra, de violencia, de negación, de fractura social, humana, familiar, política. No hay acuerdo de paz perfecto, pero la clave es que la paz sea perpetua. No ignoremos la finalidad kantiana de semejante aseveración.

Colombia siente vértigo ante este nuevo escenario. Es lógico. Demasiado el abismo en cinco décadas. La sima de frustración, sangre, odio, irracionalidad, barbarie, miedo, miseria e injusticia. Demasiados muertos, desplazados, desposeídos. Cese el fuego, dejación de armas, garantías de seguridad también para la propia guerrilla "desmovilizada", vuelta a la sociedad, a la normalidad, pero la paz no quiere ni entiende de prisas. ¿Qué paz quiere Colombia, qué paz necesita? No son ni han sido pocos los detractores de este proceso de paz. No puede haber paz sin justicia, pero tampoco sin perdón, ni menos sin reconciliación.

Un acuerdo que ha sido refrendado en La Habana, escenario de excepción en este proceso de años, ante varios jefes de estado latinoamericanos y el secretario general de Naciones Unidas, así como representantes de la Unión y de Estados Unidos, y que debe incluir, entre otros extremos, los puentes que construyan y edifiquen sólidamente esa paz, tales como las garantías de seguridad y la lucha contra las organizaciones criminales responsables de homicidios y masacres, la defensa extrema de los Derechos Humanos, la superación y detención de organizaciones criminales vinculadas antes o después al paramilitarismo y sus redes de apoyo, y la persecución de las conductas criminales que amenacen la implementación de los acuerdos y la construcción de la paz. La paz hay que construirla. Levantarla, erigirla. Sus pilares nacen de este acuerdo en Cuba. Ahora toca edificar una sociedad y un pueblo entero ante la paz. Y la justicia.

La reconciliación que exige el pueblo colombiano después de décadas de violencia, muerte, asesinatos, secuestros y barbarie. Una reconciliación que significa también pasar página de algunos hechos o situaciones, y juzgar otros. Justicia transicional, crímenes de lesa humanidad que han de ser juzgados y justicia para las víctimas de todos los bandos, porque en este país ha habido demasiados bandos que abrazaron la violencia. Una justicia para las víctimas que vuelven a mostrar su lado más humano, el de la generosidad, el del perdón y el tender la mano.

Hoy más que nunca Colombia tiene que rendir tributo a las víctimas. Por encima de todo están las víctimas. Están su dolor, la incomprensión y el abandono que sufrieron durante décadas, el despojo de sus tierras y propiedades, y luego sus movimientos migratorios hacia las ciudades, hacia la capital. Reparar, perdonar y convivir es la gran lección que nos darán de nuevo las víctimas. Paz, reconciliación, víctimas, dignidad, respecto y reparación del daño. No hay otra ecuación para la paz. Para la paz necesaria, la paz perfecta, la paz perpetua kantiana.

El fin del conflicto significa normalizar. Significa que el Estado llegue a todos los rincones y lugares del país. Significa normalidad democrática e institucional, libertad, justicia, desarrollo y bienestar social. También significa una política clara de restitución de tierras, sin violencias ni hipotecas. Quedan la cuestión del narcotráfico, la vía política para los guerrilleros y la desmovilización; pero, sobre todo, la entrega de las armas: uno de los puntos más esenciales, pero también más controvertidos.

La paz no debería tener precio ni cobrar tributos, pero los habrá para que esta sea posible. La paz no necesita de homenajes a los asesinos, pero la paz sí es capaz de ofrecer perdón y de perdonar la mano asesina. El tiempo lo dirá. La guerrilla deberá disolverse y dejar que la sociedad, los partidos políticos y su inserción en la vida política y democrática escriban su futuro en un marco de tolerancia, respeto, libertad y dignidad. Caídas las pistolas, detenida la ira y el odio, aprovechemos esta oportunidad definitiva para la paz. Colombia necesita la paz, la merece, el pueblo colombiano sabrá reconciliarse.

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