Gafas de cerca

josé Ignacio / Rufino

Columna

HAY pecadillos y faltas leves propias de quienes escriben sus opiniones en un medio de comunicación. Una habitual es la autocita, que cursa sermoneadora tantas veces: "Yo ya lo vengo advirtiendo desde hace tiempo", "como dijimos aquí mismo hace ya dos años". Como ratones de hemeroteca hay pocos, y la mención de las dianas no se acompaña de las pifias como sería humilde hacer, el vanidoso columnista se queda a gusto y probablemente hasta se cree que, a oráculo, a profeta y a detector de tendencias no le gana nadie. Siempre recordaré a un economista de toda la vida, ya octogenario, vetusto profesor con plaza propia en un medio tan de toda la vida como él, uno de esos a quienes solía denominarse "una eminencia" que, ya entrado el 2009 recordó que él, en efecto, nos tenía dicho que la crisis estaba al caer, y que no se le hizo caso porque mucho ignorante es lo que hay. No nos recordaba que también había vaticinado que el petróleo estaría -en estos momentos y desde hace unos cuantos años- a 200 dólares el barril (ahora está a 50). Pero lo diría con la salvedad metodológica denominada ceteris paribus, o sea, "permaneciendo constante el resto de los factores". Y no, no se quedaron quietos algunos factores que el profesor no consideró en su previsión. Ni él tuvo a bien acordarse de su monumental patinazo. Cosas de sabios.

Otro pecadillo es no acabar de acostumbrarse a lectores ofendidos por la opinión de uno que, precisamente, opina, que ahora se constituyen en plataforma vía redes sociales en menos que canta un gallo. Hay gente que ayuda a mejorar: que discrepa, que critica, que corrige. Y hay francotiradores con alias (¿sigue llamándose nick?), emboscados en el anonimato, que te flagelan inclementemente, quizá en tropa y anillados con una arroba o un hashtag, o haciendo un comentario de texto de tus tres párrafos, cortándolo a minúsculos cachitos de carne impresa entrecomillada. Amplia es la taxonomía: condescendientes, con alma de púlpito, biliosos, insultantes, amenazadores, con faltas de ortografía, o con niveles de mala leche fuera de los límites saludables. (Esta semana, y entre otras enmiendas a la totalidad de un artículo, un señor X me ha advertido de mi gran pecado al contaminar la inocencia de los niños lectores -¿eso qué es lo que es?- induciendo a las criaturas a confundir hackers con piratas informáticos. U otro que afirma que llamar "paliza" a los golpes que dieron unos tipos en Barcelona a dos chicas en Barcelona mientras las tiraban y arrastraban por el suelo "no viene a cuento". Y disculpen la autocitas, si han llegado a leer hasta aquí.)

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