Las dos orillas

José Joaquín León

Cómplice y encubridores

AHORA, además de lamentar la horrible muerte de Marta, es muy fácil opinar, repetir los tópicos de siempre y criticar los fallos de costumbre. Muchachos con las circunstancias familiares desestructuradas de Miguel Carcaño, que vivió con su madre hasta que falleció en 2006, habrá centenares en Sevilla y en cualquier ciudad. El problema de la falta de una familia normal puede haberlo condicionado, pero no es una causa forzosa en su perfil de asesino. También se ha explicado que era "violento", un matiz que se le presupone a todo criminal.

En este caso llaman la atención muchas cosas, como que la Policía haya tardado 21 días en aclarar lo que Antonio del Castillo, el padre de Marta, decía fuerte y claro desde la primera noche. Por supuesto, no se puede acusar a nadie sin pruebas. Probablemente, la Policía esperaba a que apareciera el cadáver, aunque ya tenían indicios. Pero la presión social aumentaba. Tras su última detención, Miguel fue acusado del crimen, al derrumbarse y declarar que la mató. Por muy frío que sea, lo cierto es que resistió 20 días sin culparse, pero con reacciones extrañas. ¿Cómo es posible que un amigo tan íntimo, que había salido con Marta esa misma tarde, se retrajera tanto y no colaborara en la búsqueda, retirándose sospechosamente de la circulación? ¿Por qué supuestamente lo echaron de casa de su última novia, en Camas, antes de confesar el crimen? Él mismo, y su círculo más próximo, daban el cante. Tampoco es normal trasladar un cadáver en un ciclomotor, sin levantar sospechas.

Llama la atención la intervención de Samuel Benítez, el presunto cómplice que le ayudó a deshacerse del cadáver, y los presuntos encubridores: su hermano Javier y un menor de 15 años. ¿Por qué actuaron así, ayudando o amparando al criminal? Lo normal hubiera sido que denunciaran a Miguel o, al menos, que no colaboraran en un delito que los salpicaría hasta convertirlos en cómplice y encubridores. Este detalle es espantoso: al menos tres personas más lo sabían y callaban.

La pobre Marta, junto a sus buenos amigos, conoció a uno que no lo era, como al parecer le advirtió su madre. Marta, que tenía 17 años, estaba en una edad de alto riesgo. El sector más desprotegido es el de los adolescentes de entre 13 y 18 años. Hay menores que entran en la cueva del lobo sin ser conscientes, viven como adultos sin serlos, rechazan la autoridad y el criterio de sus padres, prueban casi todo lo que consideran prohibido, no tienen valores firmes, están en permanente cambio de amistades sin excluir algunas peligrosas... Su transición de niño a hombre, o de niña a mujer, es devorada con demasiada rapidez, tanta que a veces se estrellan. Y sólo se habla de este problema cuando aparece un asesino.

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