La tribuna

Federico Durán López

Concertación social andaluza: ¿morir de éxito?

La conmemoración del vigesimoquinto aniversario del Consejo Andaluz de Relaciones Laborales (CARL) es también, en cierta medida, la de la concertación social andaluza. En modo alguno puede el CARL considerarse protagonista exclusivo de la misma, ya que la interlocución fundamental al respecto se ha mantenido directamente por las organizaciones sindicales y empresariales y la Junta de Andalucía. Pero no cabe duda de su importante papel en el fomento del diálogo social y de unas relaciones laborales más basadas en la colaboración y el entendimiento de sus agentes.

Es hora, por tanto, de reconocimientos, de felicitaciones y de parabienes. Vayan por delante. Este cuarto de siglo ha puesto de manifiesto la importante labor desarrollada por los interlocutores sociales y por los responsables políticos, en pro de unas relaciones laborales en las que, por exigencias económicas y sociales, el conflicto y el enfrentamiento tenían que ceder protagonismo a la colaboración y a la participación. El papel que en esa labor ha desempeñado el Consejo ya ha sido suficientemente resaltado en estas mismas páginas y no es preciso insistir en el mismo.

Me voy a permitir, por tanto, esbozar algunos apuntes críticos, más dirigidos al futuro que vueltos al pasado. Si los intelectuales tenemos, entre otras, la indeclinable labor de mantener la tensión crítica en la sociedad, no podemos dejar de plantearnos si el éxito de la concertación social en Andalucía no presenta ya el peligro de morir de éxito. Y ello porque hemos ensalzado tanto esa concertación, el valor del acuerdo periódicamente ritualizado, que corremos el riesgo de recrearnos en el triunfo de las formas descuidando los contenidos.

Quiero decir que, entusiasmados con la importancia, en las relaciones laborales y sociales, del consenso, y con nuestro ejemplo en ese sentido, podemos no conceder la suficiente relevancia a las situaciones de fondo que, a pesar de quedar cubiertas con la noble capa del consenso, pueden revelar problemas y conflictos sociales no resueltos así como decisiones económicas inadecuadas (o ausencia de decisiones económicas adecuadas).

Qué duda cabe que hemos experimentado significativos avances en estos años, muchos de ellos inducidos externamente pero otros producto de nuestro esfuerzo y de nuestra responsabilidad. Pero, parafraseando a San Agustín (si me considero, poco valgo, pero si me comparo…), tendríamos que decir que si nos consideramos aisladamente los avances son innegables, pero si nos comparamos la cosa cambia. Andalucía ha progresado, pero sigue anclada en las mismas posiciones relativas, con una querencia insuperable por el farolillo rojo de casi todos los indicadores.

Por otra parte, la sobrevaloración de las formas (la concertación) frente a los contenidos (desempleo, indicadores de bienestar, renta per cápita, etc.) puede llevarnos a una absurda complacencia que cambie el viejo "pobres pero honrados" por el más moderno "pobres pero concertados".

Y no debemos resignarnos a avanzar con el pelotón, pero seguir siendo la cola del pelotón. Y para avanzar más en términos absolutos y, sobre todo, para mejorar nuestra posición relativa, necesitamos, ante todo, mayor tensión crítica. La sociedad civil y los agentes sociales no deben instalarse en la complacencia. Los sindicatos dan a veces la impresión de que han aceptado, como decía hace años un colega italiano, que les corten las uñas para que no arañen las delicadas tapicerías del poder. Pero gato sin uñas no caza ratones, y se echa en muchas ocasiones en falta una postura sindical más decididamente crítica y exigente frente a los poderes públicos. Y también los empresarios deben potenciar las exigencias y las críticas. Nada de eso está reñido con la concertación o con la colaboración. Necesitamos una sociedad civil mucho más exigente y más crítica. Necesitamos que las plácidas aguas de los grandes acuerdos político-sociales se agiten y que nadie pueda considerar que lo estamos haciendo bien mientras tengamos los niveles de desempleo y la calidad del empleo que tenemos, y los déficit educativos, sanitarios, etc. que padecemos.

Bien está la concertación y hemos de desear larga vida y grandes éxitos a sus protagonistas y a las instituciones que la favorecen. Bien está el diálogo, que ha de estar siempre presente en nuestras relaciones económicas y sociales. Pero quizás hemos adormecido demasiado los conflictos subyacentes. Y el conflicto sigue siendo el principio ordenador de las sociedades libres y el motor de su desarrollo.

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