LA noción política de España es como una goma elástica: a un extremo se colocan quienes sólo la reconocen desde la uniformidad; al otro, quienes la rechazan por diversa. Los primeros niegan la condición identitaria española al que habla en catalán o euskera. Los segundos se niegan a ser españoles precisamente por hablar catalán o euskera. Unos votan a un partido azul; otros a uno rojo. Unos rezan de rodillas y los otros no… Y todos utilizan la diferencia como barrera. Tensan y tensan la goma hasta que un extremo la suelta con la intención de atizar al otro. Desgraciadamente, siempre golpea a quienes habitan en medio. Como yo. Los que sólo aceptamos una noción diversa de España. La única que existe aunque les pese a unos y otros.

El mal nace con el proyecto de exterminio humano y cultural del distinto como mito fundacional del Estado "moderno" español. Echamos a nuestros judíos y moriscos. Perseguimos a gitanos, protestantes, heterodoxos, carlistas, liberales, anarquistas y republicanos. Todo sea para imponer una sola ley, una sola lengua, una sola religión. El misterio de la santísima trinidad trasladado a la política hispana. Un fracaso que extiende su hiel a nuestros días. Es cierto que esta democracia formal ha limado asperezas con el modelo autonómico y el catálogo de libertades sociales y políticas. Pero no ha conseguido curar el virus que nos enferma de prejuicios pellejo adentro. Religiosos, especialmente.

Más del 30% de los españoles se confiesa antisemita. Eso dicen las encuestas hechas por los mismos ignorantes que las responden. Porque confunden la cuestión política con la religiosa. Una cosa es el Estado de Israel y quienes lo mal gobiernan, y otra bien distinta los judíos que viven en ese Estado, los muchos que no comparten sus decisiones, y los muchísimos más que no viven en él ni comparten sus decisiones. Todavía peor es el prejuicio hacia el Islam, alimentado por la pandemia de odio irracional que ha infestado los medios de comunicación. Cada mañana desayuno con burkas, ablaciones y latigazos. Hechos tan condenables como alejados de la inmensa mayoría de los musulmanes. Y seríamos los españoles quienes mejor lo entenderíamos en "occidente", sino fuera porque hemos negado una parte de nuestra memoria colectiva.

El siglo XXI será el de la reivindicación de la tierra y la memoria. Múltiples culturas, una sola Humanidad. Por eso es tan necesario y urgente el reconocimiento a los descendientes de moriscos-andalusíes que viven a un lado y otro de la calle de agua. A ellos que somos nosotros y a nosotros que somos ellos. No para resucitar conflictos ni nostalgias. Justo lo contrario. Como explica Todorov, la reconstrucción ejemplar de la memoria "permite utilizar el pasado con vistas al presente, aprovechar las lecciones de las injusticias sufridas para luchar contra las que se producen hoy día, y separarse del yo para ir hacia al otro". Eso es la concordia. La que hicimos realidad en Córdoba hilvanando la Mezquita-Catedral con la Sinagoga. Sujetando con nuestras manos una hermosa cinta verde color esperanza. No una goma elástica.

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