Tiempos modernos

Bernardo Díaz Nosty

Convergencia cultural

SI se dice que Andalucía es la tercera autonomía, detrás de Madrid y Cataluña, donde más prensa diaria se consume, muchos pensarán que se trata de una exageneración. Sin embargo, es una verdad incuestionable. Andalucía es la tercera por arriba en ventas absolutas de periódicos, pero también la tercera por abajo en valores relativos a la población. Una situación de desertización cultural puede presentarse, según se maneje la estadística, como un paisaje del paraíso. Quedémonos con los valores relativos.

Mientras que la media de lectores adultos en España es del 48,3% de la población, en Andalucía el porcentaje desciente al 36,9, esto es, 11,4 puntos inferior, sólo por delante de Castilla-La Mancha y Extremadura y a más de 20 puntos de las comunidades del norte. Esta posición, que establece la última encuesta EADA del Instituto Nacional de Estadística sobre consumos culturales y aprendizaje, se repiten en aspectos significativos como la lectura de libros -el 48,4% de los andaluces no lee nunca-, cuarto valor por la cola, pero con un agravante, porque en Andalucía los que más leen -al menos 8 libros al año- conforman el porcentaje de población más bajo del país: sólo el 10,25%.

Otro aspecto llamativo de la encuesta hace referencia a la habilitación en el conocimiento de lenguas extranjeras. El 66,4% de los andaluces adultos, en un empate técnico con extremeños y castellano-manchegos, reconocen su incompetencia en usos ajenos a la matriz lingüística materna, un porcentaje 16,5 puntos superior a la media española (49,7%) y que, en el caso de nuestra comunidad, se acentúa entre las mujeres hasta el nivel más deprimido (69,2%).

Estos datos no son nuevos y están en el entender de una percepción social que no alimenta precisamente la autoestima. La convergencia es algo más que la expresión estadística de la economía. Recortar distancias en el PIB no garantiza el acercamiento a las posiciones de liderazgo argumentadas por la capacidad constructiva y de innovación social. Converger en modernización pasa necesariamente por leer más y romper las barreras lingüísticas que crean incomunicación y nos sitúan en la periferia de la nueva cartografía del conocimiento.

Cuando comenzamos a atravesar una zona de turbulencias económicas, es muy aconsejable ponerse el cinturón que amortigua las incertidumbres y apostar decididamente por la mejora de los nutrientes culturales, que son esa especie de melanina que pigmenta la piel social con el color del progreso. ¿Cabe alguna duda sobre cuál va a ser o está siendo la velocidad de convergencia de las naciones del Este europeo, más recientemente incorporadas a la UE, con renta claramente inferior a la nuestra, pero con indicadores culturales y educativos que nos hacen sombra?

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