DE toda la vida el estudiante perezosillo o simplemente negado se las ha apañado para pasar los exámenes y presentar a sus padres un montón de aprobados que alimenten la vana ilusión de que su vástago ha aprovechado el tiempo. También hay episodios de falsificación de notas, pero reconozcamos que o bien sólo proporcionan un simulacro de aprobado -que no consta en el expediente académico y, al final, se descubre- o bien es directamente delictivo y perseguible de oficio.

Por eso ha cundido más el ejemplo del copión. El estudiante al que se le ha echado encima la convocatoria tras haber empleado sus días y sus noches en actividades más divertidas y gratificantes que hincar los codos en una mesa solitaria tiene ante sí dos alternativas: empollar en las últimas semanas, previas al examen, a base de combatir el sueño con alguna sustancia estupefaciente, o copiar. Se copia al alumno más estudioso y sin embargo amigo, se copia de las chuletas que resumen los temas que seguro caen en suerte, se copia de los canutillos con letra miniaturada enrollados en los bolígrafos. El caso es copiar.

Mejor dicho, se copiaba, porque las nuevas tecnologías, que auxilian a los hombres para lo bueno y también para lo malo, han renovado los pucherazos en los exámenes y puesto a disposición de los vagos instrumentos mucho más eficaces para el copieteo. En los años treinta, por ejemplo, se produjo un interés desmesurado en los campus universitarios por el código Morse. Con golpes de pluma se enviaban los mensajes necesarios a los cómplices del copión. Hoy día los artilugios preferidos para la copia liberadora -liberadora de tener que estudiar y liberadora de tener que dar explicaciones a los padres- son el teléfono móvil y sus sms y los populares pinganillos, también llamados lentejitas, con su auricular casi invisible y su micrófono oculto. Funciona por ahí una Tienda del Espía cuyo negocio no florece, naturalmente, entre los agentes de la seguridad del Estado, sino entre los estudiantes pícaros, que en junio y septiembre disparan la compra de estos cacharros, para conectarse con una panda de compinches que, desde la casa, buscan y dictan las respuestas al examen. Más sofisticados son el bolígrafo de tinta invisible con linterna reveladora o la minicámara conectada a un transmisor.

¿Esto tiene remedio? De ninguna manera. A diferencia de las meritocráticas universidades USA, donde el que copia es expulsado ipso facto si le pillan, en España las sanciones no son precisamente disuasorias. Además, no hay reproche social a los copiones. Se les considera picaruelos inofensivos. Lo normal aquí, donde aún avisamos a los conductores de que anda cerca la Guardia Civil.

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