la ciudad y los días

Carlos Colón

Corona sobre la tumba de Dickens

DESDE ayer una corona de flores se está marchitando poco a poco, como los encajes nupciales de Miss Havisham, sobre la tumba de Dickens en el Rincón de los Poetas de la Abadía de Westminster. La ha depositado el príncipe Carlos de Inglaterra en el día del nacimiento del escritor -el 7 de febrero de 1812- tras visitar la casa londinense de Dickens en Doughty Street, sede del Charles Dickens Museum.

En la ceremonia de Westminster el actor Raplh Fiennes recitó un fragmento de Casa desolada e intervino un chozno del escritor, Mark Dickens. Era uno más de los muchos actos que conmemoran el bicentenario del nacimiento del genio de Porsmouth, llenando de nuevas ediciones de sus obras todos los expositores de novedades de todas las librerías del mundo.

Tal vez sean los ingleses y los franceses los europeos que más honores dispensan a sus escritores. Desde que un millón de personas acompañó el cuerpo de Víctor Hugo por las calles de París hasta el Panteón, el antiguo templo se convirtió en la última morada de algunos de los mayores escritores franceses, uniéndose a los de Hugo los restos de Rousseau, Dumas o Malraux; y se peregrina a los cementerios de Montmartre y Père-Lachaise para visitar las tumbas de Molière, Balzac, Sthendal o Proust. Desde que Chaucer fue enterrado en Westminster hace seis siglos se le han ido añadiendo los sepulcros o placas conmemorativas de Shakespeare, Johnson, Scott, Austen, Keats, las Brönte, Carroll, Dickens, Hardy, Kipling o T. S. Elliot.

Se cuenta que al guiar por Westminster a un amigo que visitaba Londres, un entusiasta admirador del escritor dijo: "Aquí están enterrados Shakespeare y otros reyes de Inglaterra". En realidad Shakespeare no está enterrado allí, sino en Stratford-on-Avon. Nadie se atrevió a desenterrarlo para llevarlo a Westminster porque había hecho grabar en su lápida: "Alabado sea el hombre que no toca esta lápida. Y maldecido aquel que mueve mis huesos". Lo que está en Westminster es su multicolor busto -con aire de figurita de Nacimiento- asomado a una ventana como si fuera el taquillero del teatro del Globo. Pero este detalle no debe estropear la anécdota, reveladora de la importancia que el entusiasta guía daba a Shakespeare.

Como Conrad, Bellow, Proust o Bashevis Singer, Dickens es para quien esto escribe una razón para vivir. Por eso deposito esta corona en forma de artículo sobre su memoria en agradecimiento por Picwick, Micawber, Mr. Bronlow, Bob Cratchit, Pegotty, Betsy Trotwood, Miss Havisham, Joe el herrero, Nickleby, Mr. Jaggers y su secretario Wemmick… Y tantas y tantas criaturas suyas que me acompañan amigablemente desde hace medio siglo.

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