La ciudad y los días

Carlos Colón

Cosa de samaritanos y centuriones

LES contaba ayer cómo, invitado a una tertulia en el año de mi pregón y preguntado por mi currículo cofrade y nazareno, enumeré las hermandades a las que me honro en pertenecer, añadiendo que me vistieron de capa a los siete meses y visto ruán desde que cumplí 14 años. Entonces otro tertuliano -retomo la anécdota en el punto en que la dejé- me preguntó: "¿Y cómo afronta el pregón alguien ajeno a las hermandades?". El buen hombre era de esos que se creen que sólo pertenecen a ellas los miembros de juntas de gobierno y sus satélites. Una vida entera saliendo de nazareno y la pertenencia a varias hermandades no bastaban para ponerse tras el atril del Maestranza.

Lo de García Barbeito es aún peor porque, además de decirle que "de hermandades, ni idea", le echan en cara que "y de Iglesia, nada de nada". Vaya por Dios. Quien se lo reprocha debe reducir la Iglesia a los curas y además tener hilo directo con el Altísimo para saber qué hacen, creen, piensan o sienten sus semejantes. Tal vez se haya olvidado de ese impuro y hereje samaritano que Jesús Nazareno puso como ejemplo de compasión frente al sacerdote (el Templo y la Ley) y al levita (el culto) en la conocida parábola que, mira por dónde, no se llama del fervoroso sacerdote ni del escrupuloso levita, sino del buen samaritano. Tal vez no sepa que el pregón no lo es de la Iglesia y ni tan quiera de las hermandades, sino de la Semana Santa de Sevilla. Que ésta no es únicamente cosa de curas y de cristianos comprometidos, sino de todo un pueblo que, como el de la Jerusalén de hace dos mil años, está formado por puros e impuros, creyentes y no creyentes, quienes ven pasar al Nazareno por las calles con emoción sagrada o con indiferencia y hasta con desprecio; por aquellos para lo que se conmemora tiene que ver con el fundamento de sus vidas y por aquellos que se suman a ella gregaria, festiva e irrespetuosamente. Y que su grandeza es que entre los segundos habrá quienes ante una imagen sagrada sientan, como el centurión al pie de la cruz, que algo se les despierta por dentro.

No sé cómo será la vida religiosa de García Barbeito ni me importa, porque eso pertenece a su conciencia y a su intimidad con Dios. Pero sé, por lo poco que le conozco y lo que cuentan de él, que es, en el buen sentido de la palabra, bueno. Tampoco sé qué sepa o deje de saber de cofradías. Pero sé que sabe lo esencial: que el Gran Poder es esa "divina y buena persona" que cantaba la saeta que recogió en su conmovedor Salmo de Jesús del Gran Poder Antonio Núñez de Herrera. Un periodista poco piadoso que no entendía de cofradías.

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