Pasaje de amores

Carlos Colón

Costaleros de la Sentencia

CÓMO tanto peso puede parecer tan leve? ¿Cómo tanta tragedia -sentencia de muerte del inocente- puede transfigurarse en tan puro gozo? ¿Cómo tan gran blasfemia -Dios condenado- puede hacerse oración? ¿Qué poder convierte las plumas de los romanos que tienen preso al hijo del carpintero en ondulantes flabelli que honran al Rey de Reyes? Son los costaleros del Señor de la Sentencia, que saben con cuanta tristeza contempla el Señor desde su altar su sueño niño en brazos de su Madre.

Por eso, una vez al año, se convierten en los brazos de la Virgen del Rosario para que el Sentenciado sienta bajo sus pies, no el mármol del Pretorio, sino el barro cubierto de virutas de la carpintería de Nazaret; para que sienta en torno a su cuerpo, no lanzas y espadas, sino el cariño de María y de José; para que sienta en sus manos, no la soga que las ata, sino las de su Padre cuando le llevaba a rezar a la sinagoga; para que sienta en sus sienes, no espinas, sino los besos que su Madre le daba al recordar la espada que Simeón le anunció; para que, en esa amarga madrugada en que su alma se puso triste hasta la muerte, le llegue la caricia de la Resurrección que su impaciente Madre va proclamando tras él.

Nadie, salvo su Madre, acuna a este Señor abrumado de tristeza como su hermandad Macarena; nadie le canta las nanas de la cebolla -"Una mujer morena, resuelta en luna, se derrama hilo a hilo sobre la cunaý No te derrumbes, no sepas lo que pasa ni lo que ocurre"- como las que le canta su centuria; nadie lo mece como sus costaleros lo mecen para que, cuando sea cumplida la sentencia, se duerma en el sueño de una muerte buena; nadie los hace a todos uno como Miguel Loreto Bejarano lo hace, llevándolos de la mano de su voz ayudado por ese corazón salido de abajo -"¡Eli, llámate!"- que se llama Juan Antonio Eliso Vélez. Sólo los brazos de la Virgen del Rosario mecieron con más ternura al Señor de la Sentencia.

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