La tribuna económica

Joaquín / Aurioles

Credibilidad exterior

LA solvencia y la fortaleza de la economía española a la que alude el presidente del Gobierno en su intento de restaurar nuestra deteriorada imagen exterior, tienen una credibilidad similar a la que en su momento tuvo su obstinada negación de la crisis en el pasado o su más reciente defensa de la solvencia de la Seguridad Social. Tampoco convence el sorprendente razonamiento de la vicepresidenta económica sobre la mejoría de la economía española interpretando en positivo el crecimiento de -0,1% del último trimestre, bastante menos negativo que los anteriores. "Menos peor", podría haber dicho también, pero peor, en última instancia, aunque tan sólo sea en una décima.

La cuestión es que, con estos argumentos, la hipótesis de la desconfianza en la capacidad del Gobierno para cumplir su compromiso de reducir el déficit al 3% en 2013 parece más convincente que la de una conspiración internacional que pretende utilizar a la economía española como cabeza de puente para destruir el euro. Incluso celebrando que el Gobierno haya decido reconocer, como se desprende de sus diagnósticos más recientes, la gravedad de la situación y la necesidad de intervenir con contundencia y sin dilación, el fiasco de la reforma laboral viene a dar al traste con las expectativas de los que esperaban un cambio de rumbo en la política económica. No debe extrañar que la falta de concreción y las dilaciones en torno a nuevas convocatorias para la negociación de las medidas, sea aprovechada por los que atribuyen a los errores del Gobierno y a su resistencia a tomar decisiones, las especiales dificultades de la economía española para salir de la recesión.

Hay un tono de fatalismo en los llamamientos a calma y a la confianza y en la reiterada imputación de los males de la economía española a la crisis financiera internacional. Como si los acontecimientos estuviesen gobernados por una providencia que exculpa a los responsables de su control y contra la que poco puede hacer la política económica. Frente a este estoicismo extremo, están las expectativas de los agentes económicos, cuya trascendencia es de tal calibre que permite entender que a veces las cosas ocurran por el simple hecho de confiar en que van a ocurrir. Si se extiende el convencimiento de que el valor de un activo va a reducirse, sus poseedores intentarán deshacerse de él cuanto antes, haciendo inevitable la caída en picado del precio. Para un país que tiene un PIB de 1 billón de euros, que debe al resto del mundo 4 billones, de los que medio billón corresponde al Estado, y con una necesidad de financiación de 100.000 millones, el deterioro de confianza tiene un coste que se traduce en una prima de riesgo que, por el momento, se sitúa en un 1% con respecto a la deuda alemana. Esto significa que si el Estado pretende refinanciar los 125.000 millones de euros que vencen durante 2010, además del nuevo endeudamiento, tendrá que pagar un sobre precio de aproximadamente unos 1.250 millones de euros. En estas circunstancias convendría tener presente aquello de: "Si mantienes la calma cuando todos pierden la cabeza, es probable que no hayas captado la gravedad del problema".

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