El poliedro

Créditomenguante

La crisis, sea real o de expectativas, nos recuerda la frialdad del juego económico. 'Au revoir, vie en rose!'

EL problema es el combustible, que escasea. Y no ya el combustible universal derivado del petróleo, que no sabemos con certeza cuánto escasea pero que no para igualmente de subir de precio, sino del combustible financiero: el préstamo en sus diversas formas. Las noticias económicas llevan tiempo siendo contradictorias: el tiempo que va de la antesala de "la crisis", allá por la primavera del año pasado, hasta hoy mismo. Se auguraba sin fisuras la subida sostenida de los tipos, y los tipos bajan; la mayoría preconizaba la no intervención monetaria, y no se para de inyectar desde las instituciones liquidez al sistema. Una década larga con una navegación viento en popa -en orejas de burro, creo que la llaman los navegantes- hizo que nos acostumbráramos a la buena vida y al pasivo alegre. Los particulares, endeudándonos, comprando casas, consumiendo mucho en lo necesario y en lo que no lo era ni lo es, dando así calor a una economía hipertensa. Las empresas, acostumbradas al crédito fácil y barato, perdiendo tensión en su gestión financiera e incluso maquillando su ineficiencia. Los gobernantes, nutridos de los impuestos y otros ingresos derivados de la economía boyante, olvidándose de un mañana sin superávit y con crecientes prestaciones de desempleo. La vida en rosa.

Y se abrieron furiosos los repentinos nubarrones. Una tormenta que, según explicaba el economista Xavier Sala i Martí en su artículo La tormenta perfecta, tiene su origen en las hipotecas basura concedidas con irresponsable cinismo en Estados Unidos. No entremos en ellas ahora; mucho se ha hablado ya sobre su origen y su indetectable metástasis por el sistema. Pero sí hagamos notar un hecho que sí debe preocuparnos: los bancos se temen, no saben quién puede estar tocado de muerte y les puede salpicar… y no se prestan dinero entre sí como hasta ahora, no se fían unos de otros. De forma que cierran el grifo y aplican la selección natural crediticia con la decisión de un bisturí sin escrúpulos.

Se están produciendo casos de empresas que nunca han tenido un descubierto y siempre han sido excelentes clientes de sus bancos que, de pronto, reciben la noticia de que les cierran líneas de crédito sin mayor explicación que la de, dicho mal y pronto, "la cosa está muy mala". No digamos empresas con menor soltura y menos sobradas que -aparte de ser una importante fuente de ingresos para los bancos, porque suelen pagar más de lo que pagarían si fueran prime- son los primeros apuntados a sufrir el tirón de la alfombra roja bajo sus pies, y el ring-ring sin respuesta al otro lado del móvil. Del "eso está hecho, don Fulano, quedamos a comer" al "Dile que no estoy y que yo no puedo hacer nada, la cosa viene de arriba". Por supuesto, el negocio de cada uno exige mirar por sus ingresos y no adquirir riesgos alegremente. Pero también es cierto que, en puridad, quien más se nutre del sistema más debe aportar al sistema y más responsable es del porvenir del mismo. Y la banca ha sido el negocio estrella de verdad en los felices años recién pasados. La sangre del sistema económico, su nervio, su agua o su gasolina, como queramos. Y la gasolina, digamos, financiera no se agota: es que está quieta. Y la que se mueve, selecciona su destino como nunca.

El problema es sin duda global, pero quizá vale el aserto de piensa globalmente y actúa localmente, que tomamos prestado del credo ecológico. El asunto no es baladí, y acaba poniendo de manifiesto que el problema no es tanto de gas en las burbujas como de falta de dinamismo del dinero. ¿Cuánto tiempo estarán Bernanke y Trichet inyectando liquidez en un sistema que, sin causas objetivas definitivas, se encuentra sumido en el pánico? ¿Qué efectos tendrá la superprudencia bancaria sobre la actividad de las empresas? Del rosa al marrón sin gradación alguna: pura irracionalidad.

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