La crónica económica

Rogelio Velasco

Crisis y revisión de modelos

CUANDO las cosas van bien, ¿a quién le importa que existan riesgos o que la regulación de un sector presente imperfecciones, si afrontar esos problemas requiere poner en tela de juicio algunas de las ideas dominantes o afectar a intereses de grupos poderosos? Durante años, desde mediados de la década de los ochenta, hemos estado oyendo que la desregulación de los mercados financieros era positiva porque estimulaba la competencia y contribuía a la diversificación de riesgos, por nombrar sólo a dos de los atributos positivos con los que se bendecía el estado de cosas.

La actual crisis sobrevenida por las hipotecas de alto riesgo en EEUU está provocando un aluvión de artículos en donde se manifiestan puntos de vista críticos acerca del papel que las autoridades regulatorias han estado jugando en la gestación de la actual situación. A toro pasado, todos somos inteligentes. Lo difícil es serlo cuando todavía no se han puesto de manifiesto los problemas. Pero no podemos decir que Martin Wolf -el editor de economía del Financial Times- o Paul Samuelson -el padre de la economía moderna- por nombrar sólo a dos brillantes economistas, se pasen de listos. Pero tanto uno como otro -y muchos de los más influyentes académicos y articulistas- están plasmando en artículos durante estos días opiniones sin que estemos completamente seguros de que no estén aprovechando el que el toro ya ha pasado. Ahora viene el momento del análisis clarividente y certero ¿Es que no se percibió nada antes de que la crisis estallara?

Antes de la crisis, no era fácil leer que debiera revisarse la regulación de los mercados financieros en aras de la transparencia; regular estrictamente todos los instrumentos financieros derivados que, debido a su complejidad, ni siquiera sus emisores sabían en un momento determinado quién tenía que pagar a quién, cuánto y en qué momento, y si los riesgos se habían concentrado o diversificado como consecuencia de su emisión.

Tampoco era fácil leer que los bancos centrales debieran tener entre sus objetivos la vigilancia de los precios de los activos financieros e inmobiliarios. Si en los estatutos de ésas instituciones aparecen como objetivos únicos la vigilancia de los precios y la consecución del mayor crecimiento no inflacionario posible, ¿cómo iban a entrometerse en tareas que no les estaban asignadas? Pero aunque así fuese, ¿quién se atrevería a trazar una línea en los mercados de valores o inmobiliario que indicase que a partir de ese punto los activos están sobrevalorados?

Porque tanto en un caso como en otro, hablar con voz alta en contra de la corriente y de una tradición en algunos casos centenaria -como el del papel de los bancos centrales- no es nada fácil. Sus corifeos se expondrían al ridículo, cuando no al ostracismo intelectual o profesional.

Es cierto que algunos trabajos académicos alertaron de los problemas. Pero la contundencia en el análisis, se convertía en modestos susurros cuando se trataba de proponer medidas de política económica. Ahora, esos susurros se están convirtiendo en un clamor para que las autoridades actúen, cuando una recesión pudiera ser la única salida sana e inevitable.

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