La ciudad y los días

Carlos Colón

Cuaresma mordida de grises

EL tiempo se está comiendo la Cuaresma. Y no me refiero al tiempo de los relojes, sino al de los barómetros. Como si no bastara que el tiempo duración se encoja cada vez más conforme se van cumpliendo años, como si no fuera suficiente este avanzar hacia la Semana Santa a paso de mudá, a empellones, que no acaba de pasar el Miércoles de Ceniza y ya es primer viernes de marzo en San Antonio Abad, el beso en las manos del Cautivo se confunde con el que ofrendamos en las del Gran Poder en la medianoche del Domingo de Ramos, apenas la fantasmal corte de Herodes atraviesa la plaza de San Juan de la Palma y ya está siendo exaltado a su paso el Cristo del Calvario, no ha brotado aún el azahar en los naranjos y ya están repartiendo los pajecillos el de la Concepción en la Misa del Azahar, aún no mira el manto de la Amargura a la ojiva y ya confluyen hacia ella los nazarenos blancos por Gerona, Feria, Regina, Viejos y Castellar. In ictu oculi: el rosa niño de los claveles de la Borriquita desangrándose hasta convertirse en el blanco sudario de las camelias de la Soledad de San Lorenzo.

Como si no bastara este correr de las horas que convierte cuarenta días en una semana y una semana en un día, al tiempo duración se suma el atmosférico mordiendo la Cuaresma a dentelladas de grises, encogiéndola de lluvias, agobiándola de grises, ahogando en cenizas los gozos presentidos en las notas de Corpus Christi, Estrella Sublime, Pasa la Macarena o Virgen de las Aguas. Cuando llegue el sol, y realmente sea Cuaresma en Sevilla, habremos perdido dos semanas. Ya sé que la luz de la Semana Santa crece por dentro de las iglesias en las que se montan los pasos, de las casas de hermandad en las que se reparten las papeletas de sitio, de las dependencias en las que se limpia la plata, de las tiendas en las que se cortan túnicas, se trenzan espartos y se hacen capirotes; por dentro de las casas en las que las túnicas resucitan de los altos de los armarios, en las memorias que evocan las Semanas Santas que se han vivido y en la impaciencia que anticipa la que se va a vivir. Ya sé, como cantaba la bulería de Manuel Molina que tan maravillosamente cantaba Lole Montoya, que en amores las caricias soñadas son las mejores; y que si se vive como se debe, la Semana Santa de Sevilla es cosa de amores -a Dios, a las sagradas imágenes que lo representan, a las hermandades que las custodian, a la ciudad que la ha hecho y mantenido viva durante cinco siglos- y una caricia en el alma y en la memoria. Ya lo sé. Pero no me negarán que ya es hora de que la ciudad se vista de sol.

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