La ciudad y los días

Carlos Colón

Cuento de Corpus

TODAS las tardes de Corpus, cuando por el aire quieto vuelan fantasmas de repiques de campanas, cuando la calle Francos es un hondo cauce sin vida alfombrado de restos de cera y de romero, cuando en ese silencio y ese vacío parece oírse el eco del tintineo de las campanillas de plata, cuando la melancolía se derrama sobre la ciudad como el pelo sobre la espalda de la Inmaculada, cuando al sentir como el tiempo muere en nuestros brazos nos invade una congoja infantil que los años no curan, releo el hermoso cuento El poeta maldito que Rafael Cansinos Sáenz escribió un día que, lejos de Sevilla, el olor del romero le hirió de recuerdo de Corpus.

Una tarde de junio el viejo y taciturno poeta que había renunciado a su hermosa ciudad del Sur para buscar en Madrid una gloria que no encontró, estaba escribiendo ante la desvencijada mesa de su pobre estancia mientras por la calle madrileña discurría el Corpus. "La patrona, una buena mujer de alma sencilla, llamó quedamente a la puerta. '¡Don Antonio! ¡Don Antonio! ¿No quiere usted ver la procesión?'... ¡El Corpus!... ¡Cómo, a pesar de sus años, le conmovía este nombre! Vivía olvidado de toda fiesta, de todo rito antiguo, obcecado en aquella labor literaria de poeta maldito que no lograba la celebridad, con el alma enconada de despecho… Y sin embargo, ¡cómo le había conmovido la voz de la mujer sencilla! ¡El Corpus! Y advirtió de pronto que este nombre tenía vivas y hondas raíces en sus recuerdos. Era, allá en la provincia, un esparcirse de juncia por las calles, que ya estaban estivalmente entoldadas; un rebrillar de áureas dalmáticas, un loco repicar de campanas que no apaga los píos de las golondrinas, sino que los hacía más vivos, sobre las azoteas; una general alegría, algo así como un triunfal y pesado estremecimiento de júbilo que consagraba la gloria del estío. Él era niño entonces; vestía ya su traje de verano y veía pasar la larga procesión en aquella calle entoldada, donde los pies se hundían en ramos de romero y de juncia…".

Conmovido cogió su mejor poema, un himno panteísta de sentido heterodoxo, lo partió hasta que en cada trozo "sólo se podía leer una palabra inocente: cielo, azucena, lirio, rosa, mujer, estrella, amor" y los arrojó al paso de la Custodia, viéndolos "envolverse en las nubes del incienso y en las armonías de la música sacra" como "una ofrenda restituida a aquel remoto tiempo de su infancia en que él, estivalmente vestido de claro, arrojaba al paso de la sacra Custodia, ingenuo y fervoroso, no mustios papelillos, sino rosas, grandes rosas vivas, de los precoces jardines del Sur…".

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