Visto y oído

Francisco / Andrés / Gallardo

Culona

AL ver a Mercedes Milá en pompa el recuerdo me lleva a una de las películas más sobrecogedoras, e incómodas, de la historia del cine, Saló o los 120 días de Sodoma. La última cinta de Pasolini, parábola sobre el sadismo del poder absoluto. Y no corren buenos tiempos para la dignidad, precisamente. Con la misma actitud que la presentadora en el plató de Gran Hermano, el Presidente de la república de Saló también se sentía guasonamente dolido con el desprecio hacia su vejez y el personaje que interpretaba Aldo Valletti iba enseñando su hueca retaguardia a los comensales, invitando a que alguien le sodomizara, hasta que lo conseguía.

Milá sólo quería que se comprobaran visualmente sus turgencias tras exhortar por dos veces a un participante expulsado, Cristian, a que le tocara los pechos para que comprobara su buen estado de forma. Se liaría parda si un presentador animara en antena a una mujer a que le tocara alguna parte pudenda, pero los gestos de Milá además han sido jaleados por un desparpajo que en el caso de la barcelonesa llega a los confines de la desfachatez.

En pro de la frescura, del espectáculo, de la sorpresa en el entretenimiento, a Mercedes le quedan pocos escalones que bajar en sus delirios. A ella no le importa. Pero a los demás, sí. Está claro que no todo vale en la televisión, pero además hay imágenes, escenas, que se deberían de privar por decencia personal. Milá, que concitó hace unos días millares de muestras de pesar por el fallecimiento de su padre, es sabedora de sus índices de audiencia, de lo que pesa en su programa, pero precisamente por eso no tendría que someterse a acrobacias de mal gusto. Se puede ser joven o vieja. Y tener todo el descaro del mundo. Y Olfato. Y buen humor. Pero caer en el esperpento zafio hace flaco favor a tantas causas dignas de la que Mercedes Milá decía ser defensora.

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