La tribuna

José Antonio López De La O

La Cumbre de París

YA es un hecho constatado que la Cumbre de París que se celebra estos días supone la conferencia sobre el clima más importante de la historia de la humanidad. En París, el mundo intentará ponerse de acuerdo en la lucha contra el cambio climático.

La cuestión clave es, ¿a qué nos enfrentamos? Con seguridad a uno de los mayores desafíos que tiene planteado esta sociedad global: el calentamiento global qué pone en riesgo un desarrollo humano sostenible. El origen de esas alteraciones del sistema climático es la emisión a la atmósfera de los denominados gases de efecto invernadero, que se derivan del uso intensivo de combustibles fósiles. Ya se ha llegado a un consenso prácticamente global, confirmado por la literatura científica y las comprobaciones que se vienen realizando, si esta emisión de gases no se reduce de forma substancial, las consecuencias pueden ser nefastas en un espacio corto de tiempo.

Ante una evidencia tan ampliamente aceptada y un riesgo tan extensamente percibido, hay que decir que desgraciadamente son muchos los intereses en juego, la mayor parte de ellos económicos, que dificultan la firma de un acuerdo mundial.

A finales de octubre, y para intentar lograr ese gran acuerdo global sobre el clima, se aprobó un documento provisional que deberá ser el objeto de los trabajos de la Cumbre de París. Cabría decir que las claves fundamentales de esta conferencia se pueden resumir en dos.

En primer lugar, la unanimidad. París congregará a los gobiernos de más de 190 países para discutir ese nuevo acuerdo global, que sustituya al de Kioto, y permita concebir que esta generación, que es la última que tiene la oportunidad de frenar el cambio climático, sabrá hacer su trabajo, en nuestro provecho y en el de las generaciones futuras.

Según la comunidad científica, si la emisión de gases sigue aumentando se traspasará el nivel de los 2ºC sobre los niveles pre-industriales a partir del cual las consecuencias serán irreversibles. Pero, la tendencia que llevan las emisiones sitúa la subida de la temperatura en más de 5ºC.

En segundo lugar, la financiación. La principal causa de discrepancia es el dinero, que, por otra parte, es lo que siempre ha separado a los países ricos de los países pobres. Así, el llamado G-77 de los de países en desarrollo, más China, que representan al 80% de la población mundial, pretende que las naciones desarrolladas contribuyan económicamente a la mitigación de los efectos del cambio climático y aporten fondos para que puedan hacer frente a la disminución de sus emisiones de gases de efecto invernadero. Entre los instrumentos financieros existentes, se encuentran dos de enorme importancia: el Fondo Verde para el Clima que debería recaudar 100.000 millones de dólares anuales a partir de 2020 de fuentes públicas y privadas ; y el llamado Mecanismo de Pérdidas y Daños Originados por el Cambio Climático, por el que los países más pobres persiguen compensaciones.

Los países ricos se mantienen en su postura de que el dinero necesario no va a salir exclusivamente de sus presupuestos. Así, pretenden que sean los Bancos Internacionales de Desarrollo, junto con el Banco Mundial y la iniciativa privada, los que aporten la mayor parte de la financiación requerida.

Pero, ¿qué puede pasar en París? La mayor parte de los países, incluyendo a los mayores emisores, han presentado sus planes nacionales de reducción de emisiones. La UE disminuirá sus emisiones en un 40% para 2025 comparadas con las de 1990, los EEUU se han comprometido a reducir las suyas hasta un 28% para 2025 y China ha acordado que alcanzará su mayor nivel de emisiones en 2030. Sin embargo, lo que ya se sabe es que los compromisos efectuados por el conjunto de países y los que se acuerden en la propia reunión de París, serán insuficientes para no superar el límite de los 2ºC. Teniendo en cuenta que, en ese caso, la propia cumbre sería un fracaso, se han propuesto dos medidas alternativas: hacer mayores esfuerzos fuera del ámbito de la propia conferencia, comprometiendo a otros actores como las ciudades, los gobiernos locales y las empresas; y, de otra parte, que las aportaciones de los países en materia de reducción de emisiones estén sujetas a revisiones regulares que se vayan intensificando en los años posteriores.

Y mientras tanto estamos en guerra, la capital del mundo es ahora París. Esperemos que también sea la capital del mundo del clima, el principio del fin del cambio climático, el principio del acuerdo entre las personas para cuidar nuestro planeta.

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