La tribuna

ángel Rodríguez

Defensa desapasionada de la Monarquía

HOY, a los 82 años de su proclamación, somos muchos los que aún llevamos la República en el corazón. Algunos también llevamos la monarquía parlamentaria en la cabeza, lo cual no deja de ser una paradoja por partida doble: primero, porque se supone que nada debería ser menos pasional que la República, culminación de la aspiración ilustrada de someter el poder político al dictado de la razón; segundo, porque se supone que nada debería ser menos racional que la monarquía, que hunde sus raíces en las supersticiones oscurantistas del origen divino del poder. ¿Qué ha pasado en nuestro país para que la opción republicana se haya vuelto más sentimental que racional y la monarquía haya logrado rodearse de una racionalidad que siempre le ha sido ajena?

Como todo lo que comienza levantando grandes expectativas, dura poco y acaba trágicamente, la República terminó convirtiéndose en un mito. Y como todos los mitos, sus aspectos positivos (¡y vaya si los tuvo!) han oscurecido los negativos (por cierto, entre estos estaba la figura del jefe del Estado, que fue mal diseñada por la Constitución republicana y salió peor parada cuando se puso en práctica). El mito ha hecho que quedara oscurecido, sobre todo, su principal defecto: que terminó mal.

Cierto que fue el golpe fascista de Franco el que causó su derrumbamiento final, pero, como el propio Azaña dejó escrito, la República difícilmente habría sobrevivido si la Guerra Civil la hubieran ganado los nuestros. La guerra en la que un bando vio el medio para terminar con la democracia republicana era vista por muchos de los que combatían en el otro como la gran oportunidad para poner fin a un régimen burgués. Unos luchaban por el fascismo y otros por la revolución; juntos, fueron más que los que lo hicieron por la República.

Que el experimento republicano saliera mal no empañó en absoluto su carácter mítico, muy al contrario: le rodeó de la épica necesaria para consolidarse. Pero desde que los historiadores han desentrañado sus entresijos, le han crecido las dificultades para poder ofrecerlo como un precedente exitoso de forma de gobierno. Como todos los mitos, la adhesión al mismo se explica, sobre todo, por razones sentimentales. Lo que nos apasiona de la República no son sus resultados, sino sus valores.

Al contrario que la República, la reinstauración de la Monarquía no levantó grandes expectativas ni suscitó grandes adhesiones. Aunque impuesta por Franco, pronto supo encontrar un nuevo fundamento, el mismo que iba a dotar de legitimidad al nuevo régimen democrático alumbrado tras el franquismo: el compromiso, el pacto, el consenso. La transición fue, entre otras muchas cosas, el escenario del armisticio finalmente firmado entre los hijos de los que ganaron la guerra y los hijos de los que la perdieron.

Dotar de un fundamento racional a la monarquía que ahora tenemos entraña, sin embargo, una dificultad mayor que revelar las pasiones que afectaron a la República que tuvimos. Lo es porque el canon de racionalidad no puede ser otro que el democrático, y nada menos democrático que una Jefatura del Estado no elegida por el pueblo. Pero, sorprendentemente, la monarquía parlamentaria ha sabido encontrar su papel para contribuir a que la democracia funcione mejor: gracias a que existe una Jefatura del Estado que se sitúa por encima de la lucha política, la confrontación partidista puede desplegarse sin temor a que todo el sistema se venga abajo. La condición para que sea compatible con la democracia es que el Rey, puesto que no es elegido, no ejerza poder alguno.

Nuestra democracia, como todas, descansa en un sutil equilibrio entre el consenso y el conflicto. El acuerdo en las reglas del juego (la Constitución) es imprescindible para que el desacuerdo pueda llegar, con la intensidad que sea necesaria, en todo lo demás. En una monarquía parlamentaria, el Rey está en una mejor posición institucional para representar ese espacio de consenso básico. El carácter no electivo no es aquí un obstáculo, sino, más bien, una ventaja. No creo que ninguno de los presidentes del gobierno que hemos tenido hasta ahora hubiera podido hacer un mejor papel si en lugar del gobierno hubieran tenido que presidir la República.

Nuestra monarquía, en definitiva, ha propiciado que se cumplan los ideales de la República (que impere la voluntad democrática del pueblo) sin que asomen los peligros que terminaron con ella (que el conflicto político inunde el necesario espacio básico del acuerdo). Es cierto que la República del siglo XXI no tendría por qué afrontar los mismos riesgos, pero dudo que merezca la pena comprobar cuáles podrían ser los nuevos. La suma de un monarca hereditario que simboliza lo que todos tenemos en común y un gobierno democráticamente elegido que lleva a la práctica lo que decide la mayoría ha funcionado, al menos hasta ahora, razonablemente bien. Lo mejor que nos podría ocurrir es que, con los cambios que hubiera menester, siguiera funcionando así en el futuro. Sin levantar pasiones, es cierto. Pero hay muchos terrenos en donde la pasión suele jugar un mejor papel que en la política.

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