La tribuna

León Lasa

Demografía exponencial

AJEDREZ. Es de las primeras narraciones que recuerdo haber leído, cuando los niños todavía nos distraíamos con libros y tebeos. El cuento estaba dentro de una conocida obra enciclopédica de la época -A través del ancho mundo, se llamaba- que un vendedor de puerta a puerta había colocado a mi padre. He olvidado, o eso me parece, la inmensa mayoría, pero una se me ha quedado grabada para el resto de mis días. Un viejo rey de oriente, decía la fábula, hastiado de los placeres de la vida languidecía en su palacio. Un día, un mago de la corte le propuso aprender un nuevo juego: el ajedrez. Entusiasmado con los movimientos de las figuras y el desarrollo de los envites, el monarca quiso premiarle con aquello que más deseara. El chamán, ante la extrañeza de todos, rechazó joyas y riquezas y pidió en cambio que, sobre el tablero de ajedrez, colocaran un grano de trigo en la primera casilla, dos en la segunda, cuatro en la tercera y así sucesivamente. El monarca se asombró ante tan estrafalaria petición, pero aceptó la extravagancia para comprobar, espantado, que apenas iban por la quinta fila de casillas y ya no había grano suficiente en todo el reino para poder atender la pretensión. De haber podido proseguir la escalada exponencial, en la séptima fila habría necesitado 700 barcos de 10.000 toneladas cargados hasta la línea de flotación. Y en la última casilla hubiera requerido 18 trillones de granos de trigo o, lo que es lo mismo, que la superficie de la Península Ibérica fuera cubierta de esos granos hasta una altura de un metro y medio.

Malthus. La leyenda me ha venido de nuevo a la cabeza al abrir un correo de un amigo con una dirección web (www.worldometers.info) en la que un marcador va contando incesantemente el aumento de población que, cada segundo, experimenta el planeta (en este preciso instante 6.782.236.124. habitantes). Las cifras corren a tal velocidad que es imposible seguirlas visualmente. Y pienso que, a nada que nos paremos a reflexionar un momento, ahí radican muchas, si no la mayoría, de las claves de estos tiempos convulsos (el número de nacimientos hoy rebasa ya a esta hora del mediodía más de 200.000) que ya anticipó Ortega. En diferentes tablas que se contienen en esa curiosa web se pueden seguir en tiempo real otras magnitudes, como los dólares gastados en dietas y en perfumes en los Estados Unidos (aunque igual podría ser aquí) o el número de personas que han muerto de hambre en lo que llevamos de jornada (15.123; o varias Torres Gemelas sin cobertura informativa). Y me llama la atención el que, en un mundo que se dice que progresa y que está únicamente a seis cursos del año 2015 y sus pomposos Objetivos del Milenio (que no se cumplirán ni de lejos), la cantidad de mortales sin acceso a agua corriente no sólo no diminuya sino que aumente en 18.000 a la hora: la inmensa mayoría, nuevos nacimientos producidos en el llamado Tercer Mundo. Los dígitos ponen los pelos de punta. Y, mientras, Malthus sonríe desde su tumba de Bath: oye que vuelve a estar de moda.

Límites. Se calcula que hace 10.000 años, cuando comenzó el tránsito del estilo de vida nómada al sedentario, la población del planeta era de unos 10 millones de personas; en el año cero de nuestra era esa población alcanzó los 250 millones; hacia 1.750 rondaba aún los 750 millones. Y entonces comienza el despegue, la progresión geométrica. En 1950 se llega a los 2.500. En la década de lo sesenta rozamos los 3.000 millones -esta cifra ya la estudié en el colegio-, y hoy nos acercamos a los 7.000 (10.000 millones para el 2050). Durante mis años de vida, la población global se ha más que duplicado. Pero mientras el número de habitantes del llamado Primer Mundo se estanca -afortunadamente, casi hemos de añadir-, la de África, por ejemplo, ha pasado en sólo un siglo de unos 120 millones a más de 800. Y las perspectivas son que para 2025 vivan en el continente negro unos 1.400 millones en unas condiciones no tan difíciles de imaginar. Las dificultades que se avecinan para, simplemente, alimentar a base de cereales a una Tierra superpoblada son ingentes. Si, además, barajamos la idea de incrementar el uso de etanol para un parque de vehículos cada vez mayor a partir de las cosechas de maíz, vamos a tener que demostrar una imaginación casi mágica: es muy probable que estemos tocando los límites del crecimiento. Por no hablar esta vez de las implicaciones medioambientales. Un reciente informe de Naciones Unidas al respecto concluía: "el mundo tendrá que cambiar radicalmente la forma de producir alimentos, si tenemos en cuenta el crecimiento de la población y los efectos del cambio climático". Ojalá que así sea. (Termino y miro la web: ahora somos 6.782.282.329.)

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