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Rafael Padilla

Desalmados

Amedida que vamos conociendo detalles de las prácticas abortivas ilegales presuntamente realizadas por cuatro clínicas de Barcelona, no pueden sino aumentar nuestros sentimientos de indignación y de asco. Según informaba ABC el pasado miércoles, se han encontrado "máquinas trituradoras de fetos conectadas a los desagües". Estas máquinas trituraban los fetos-bebés de grandes dimensiones y los reducían a una pasta que luego se hacía desaparecer por dichos desagües. De tal modo, tan moderno y tan humano, se eliminaba toda prueba y se obviaba la obligación legal de incinerar estos "residuos orgánicos reconocibles".

Con independencia de las ideas de cada cual (a mí me sigue pareciendo un crimen inexplicable cercenar la esperanza de cualquier ser que busca el milagro de la vida; creo que la sociedad en su conjunto debería asumir con el mismo empeño la defensa del interés de las madres, muchas veces atendible, y también, porque son los más indefensos, del de los hijos), no podemos cerrar los ojos, ni por supuesto tolerar o disculpar conductas paladinamente ilegales. La regulación del aborto en España establece de forma clara los casos en que la práctica de éste no resulta punible. Más allá de ellos, y mientras la legislación no se modifique, tenemos que aplicar todo el peso de la ley, por otra parte extrañamente leve, a lo que con frecuencia no es sino un negocio miserable que hace caja de la desesperación y de la muerte.

Sólo porque no queremos correr el riesgo de parecer anticuados, porque nos asusta el reproche de conservadurismo y tememos ser calificados de católicos cavernícolas, esto es, sólo por nuestro silencio cobarde, cabe entender la asombrosa inacción de las autoridades y la tibieza de los medios de comunicación ante lo que se adivina como un genocidio brutal y consentido. Ésta es la mejor explicación de que, frente a unos hechos ya denunciados en 2004 por The Sunday Telegraph y en 2006 por la televisión pública danesa, el Departamento de Sanidad de la Generalidad se conformara hasta hoy con imponer una ridícula sanción administrativa que salvaguardaba la continuidad del horror.

"Los hijos que no tuvimos se esconden en las cloacas". No adivinaba Aute lo certera que llegaría a ser su metáfora. En este siglo XXI, compasivo y solidario, y en esta España nuestra, ecológica, sensible, protectora y buenista, corre pasta de feto por las cañerías. Sin que le importe demasiado a nadie, sin que la infamia nos repugne ni nos irrite. Cosas de un tiempo en el que las monstruosidades de los desalmados son aclamadas como heroicidades y se disfraza fácilmente de progreso -apremia una nueva ortodoxia- la sordidez letal de las pesadillas.

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