Sueños esféricos

Juan Antonio Solís

Desembarco del rey

HA vuelto. Rafa Nadal ha vuelto. O está volviendo. Nishikori se había enseñoreado del polvo de ladrillo barcelonés los dos últimos años y el bravísimo tenista balear, en su camino de reencuentro consigo mismo, lo ha destronado. De paso, iguala a Guillermo Vilas como el profesional con más títulos en tierra batida. Con la puntualización, que no es baladí, de que el español atesora nueve Roland Garros por uno solo del argentino, en 1977.

La misma mentalidad que fortificó la asombrosa carrera de Nadal desde 2005, digna de estudio por su fiabilidad en las situaciones más extremas, lo abandonó al tiempo que Djokovic asentaba sus reales en ese particular juego de tronos. Esa batalla psicológica ha venido lastrando el resurgimiento del gran campeón hispano. Del héroe hispano.

Pero hoy, el chico se resiste a que los franceses, que jamás se terminaron de entregar a sus brazos de acero galvanizado cuando no consentía un atisbo de usurpación en París y forjaba una conquista sin igual, le brinden el típico homenaje a toro pasado, el "qué bueno era" que tanto apesta a hipocresía.

Nadal quiere que esa mayoría de galos a los que cierta parte del cuerpo se les hace Coca-Cola con Kuerten -sí, con Kuerten- siga rechinando sus dientes por la enésima coronación del español en la pista Philippe-Chatrier. Nadal quiere volver a quedar la mar de bien con su enésima muestra de educación, urbanidad y, bien valga el símil, maneras versallescas micrófono en mano, agradeciendo a los parisinos su "apoyo".

Tiene por delante Madrid y Roma para ajustar su zurda antes de su desembarco en París.

El deportes español, con el ocaso -dignísimo, pero ocaso- de Pau Gasol y el "trata de arrancarlo" de Fernando Alonso, abre los ojos como platos y se ilusiona, con la misma sangre a borbotones que se presentó Rafa hace once años en París. Desembarca el rey. Bienvenue.

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