La ciudad y los días

carlos / colón

Desgarro

ESCRIBÍAN ayer los lectores lo que todos sentíamos: "Esperemos que sea verdad que hay algo más allá y estén juntos… Pobre mujer. Descanse en paz. Me imagino que ya estará contenta al poder reunirse con su hijo… Hoy se me han caído dos enormes lágrimas, una por su hijo y otra por ella. Que allá donde vaya tenga la alegría que le faltó aquí… Espero que los dos se hayan reunido en algún lugar… Es imposible imaginar el calvario que esta mujer debió estar pasando durante estos meses, se ha ido con el corazón roto… Dios quiera que exista cielo para que esta señora se haya podido reencontrar con su pequeño… No puedo explicar lo que siento. Ojalá exista otra vida y esté ya con su pequeño, feliz… ¡Que lástima tan grande!... Lo que habrá estado sufriendo esta pobre mujer estos meses… ¡Cuánto ha tenido que sufrir esta madre!… Que descanse en paz, pobrecita, la que ha tenido que pasar, pero ahora estará feliz abrazando a su hijo"...

Un sollozo recorrió ayer Andalucía, un hondo estremecimiento del corazón, una pena que oprimió sinceramente miles de pechos, al conocerse el fallecimiento, presumiblemente de una dolencia cardíaca, de la madre del niño atropellado en la Cabalgata de Reyes de Málaga. La muerte de un hijo, tenga la edad que tenga, es la mayor tragedia que pueda sufrir nadie. La muerte de un niño es la cosa más triste y más injusta que pueda suceder. La muerte de un hijo pequeño une la mayor tragedia, lo más desgarradoramente triste y la más grande injusticia. La muerte de un niño en la tarde de Reyes lo hace todo aún más doloroso a causa del brutal contraste. Y que esa muerte sea producida por una carroza de la Cabalgata de Reyes es algo intolerablemente cruel y obsceno.

Todos estos requisitos se dieron en el accidente de Málaga. Ahora a la madre se le ha roto del todo el corazón que tenía destrozado desde el cinco de enero. ¿Puede alguien imaginar lo que este corazón ha sufrido durante estos cinco meses? No. Únicamente quien lo sufre. No puede comprenderse, no puede imaginarse, nadie puede ponerse en su lugar. Sólo cabe el respeto dolorido ante esta larga tragedia que no acabará hasta que deje de latir el último corazón herido por ella. Y, se sea o no creyente, compartir con Horkheimer el "anhelo de que la realidad del mundo con todo su horror no es lo último que une y relaciona a todos los hombres que no pueden o no quieren resignarse a la injusticia de este mundo".

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