Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Desleer, 'preleer', releer

LOS que leemos constituimos, al parecer, una obstinada minoría. Pero ¿qué leemos los que leemos? Cada vez que visito mi librería padezco una inevitable crisis de confusión. El verbo leer se conjuga para abordar libros de valores literarios tan alejados que parecen acciones diferentes. Ni intelectual, ni física ni etimológicamente se puede asimilar el acto de leer ciertos volúmenes con otros. No es igual, sin duda, abordar el vigoroso ensayo sobre la música occidental de Eugenio Trías El canto de las sirenas que una de esas machaconas fábulas sobre la búsqueda de secretos milenaristas. Ni sumergirse en la caudalosa Vida y destino de Vasili Grosman que afrontar una de esas biografías que tratan de explotar los diez minutos de éxito de un soberbio cuyo interés se fundamenta en el número de divorcios o de prosélitos que lo siguen ciegamente. Ni leer un libro de historia que una de esas falsas historietas concebidas para cautivar a los nostálgicos que buscan argumentos con apariencia científica para justificar sus viejas depravaciones morales o políticas. Sería, por tanto, prudente acuñar un neologismo para cada una de las formas que adopta la lectura según qué tipo de libros: desleer, preleer, infraleer, hagiolectura, pseudolecturas, etcétera. De este modo, los sondeos de opinión sobre los hábitos culturales no mezclarían acciones tan diferentes bajo una única etiqueta e incluso llegaríamos a apreciar la inhibición lectora.

Una de las especies de libros que más recelos me producen la constituyen los volúmenes centrados bien en urdir someras biografías o memorias de personajes cuya autoridad se basa en una efímera e indecorosa fama o bien en describir los oscuros pormenores de acontecimientos igualmente pasajeros o anodinos, pero con pretensiones megalómanas. Me refiero a libros como las arbitrarias investigaciones sobre el 11-M (todos ya felizmente caducados), la mimosa descripción de los trabajos heroicos del juez Gómez Bermúdez escrita por su propia esposa, las reflexiones hurañamente predecibles de José María Aznar con las que el ex presidente del Gobierno subyuga periódicamente a sus partidarios, las demagógicas confesiones del Francisco Alcaraz, presidente de una Asociación de Víctimas del Terrorismo que ya no acude siquiera a las manifestaciones contra los asesinos, o la empalagosa biografía que Suso de Toro ha dedicado a Rodríguez Zapatero ("es una persona muy culta. Es más inteligente de lo que demuestra en la oratoria. Tiene réplicas parlamentarias buenísimas, desenfunda muy rápido", dice de él).

Un ruego a los editores: póngales a estos libros en la solapa la fecha de caducidad.

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