la tribuna

Jaime Martínez Montero

Después de la Diada

LA celebración de la Diada nos ha traído un ejercicio de deslealtad constitucional como nunca se había visto. Los dirigentes de CiU se han quitado las caretas y se han plantado en su exigencia de independentismo. No han tenido empacho en proclamar cómo hasta ahora todo ha sido un disimulo, una apariencia. Pujol ha dicho que ya estaba harto de hacer de puta y de Ramometa, de parecer una cosa y ser la otra. Ya lo decía Tarradellas: la independencia hay que tenerla siempre en la cabeza, pero nunca se debe hablar de ella. Pues ya se ha roto ese tabú. Ha quedado claro que todas las competencias de autogobierno que les ha concedido la Constitución han sido utilizadas para ir contra ella, para salirse de la misma. El máximo representante del Estado en Cataluña, Artur Mas, es su principal dinamitero.

Asombra el silencio de los partidos de ámbito nacional y del Gobierno. Sólo hablan los nacionalistas. Nadie dice nada de las ventajas de seguir unidos, de poner en su contexto las afirmaciones desaforadas, de ofrecer balances económicos realistas, de dibujar un futuro mejor si estamos unidos. Sólo hay una voz que invita a la separación, y nadie tiene nada que contestar, nada que oponer. Rajoy califica lo que pasa como algarabía. Su vicepresidenta hace una llamada a la unidad. ¿Eso es todo? ¿Remediamos con una tirita el terrible desgarrón que se está produciendo? Ya no cabe el engaño. No hay que esconderse debajo de los argumentos de que son pocos, de que sus análisis no son certeros, de que son unos exaltados a los que se les pasará la calentura. Si hay algo que nos enseña la historia es que no siempre sacan adelante su proyecto los que más personas aglutinan o los que llevan más razón, sino los mejor organizados, los audaces, los insistentes. Los independentistas están organizados, militan, han hecho de su idea la razón de su vida. Nosotros nos hemos desentendido del asunto, pensando que para eso estaba el Gobierno. Pero el gobierno, los gobiernos, han estado mudos. Nuestros gobiernos han dejado tan arruinada la arquitectura institucional de España como su economía. Ya tienen otro fracaso más a añadir.

Ha producido especial desagrado en que hayan erigido en el enemigo catalán, en el expoliador, no a los que han tenido la responsabilidad de gobernar y de hacer leyes, sino a los españoles en general. Se ha notado desdén, pero sobre todo desprecio. ¿Cómo es posible que ellos, tan magníficos, compartan nacionalidad con unos sujetos como nosotros? Mucho ojo porque esta senda es muy peligrosa. Los afectos tienen dos direcciones, y lo que peor lleva el ser humano, peor que el sacrificio y la miseria, es el desprecio. Repito: ¡cuidado! Fuera de Cataluña y de Euskadi no hay que hurgar mucho para que aflore el anticatalanismo y el antivasquismo. Está la gente muy, muy harta.

Algo hay que decir del dinero. Si hubieran tenido más ingresos, ¿estarían ahora mejor? Pues yo creo que si más hubieran tenido, más se hubieran entrampado. No tienen para pagar porque se lo han gastado antes. Igual que en el resto de España. ¿O es que son ellos los únicos que tienen sacrificios y recortes? ¿Aquí nadie lo pasa mal? ¿No se están enfrentando a los terribles problemas económicos desde unos niveles de renta inferiores a los que tienen ellos? Y sin embargo no le echan la culpa de lo que pasa a los catalanes.

Como esto va en serio, los pondría ante su propio destino. Haría como en el Reino Unido: ¿secesión de Escocia? Referéndum en 2014. Aquí igual. Esto traería ventajas, entre otras dejar ya los eufemismos y hablar con franqueza. Desaparecidos los sentimientos, solo queda hablar de negocios. Dice un refrán que cuentas claras, amigos viejos. A lo mejor por ahí ganábamos. Y mientras tanto ni hablar de rescate. Sólo faltaba que con él le financiemos el coste del escaso trayecto que les queda para llegar a la independencia.

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