La ciudad y los días

carlos / colón

Después de Semana Santa

ÉRASE una vez un niño al que no le dejaban ver solo más que las cofradías de su barrio. Como era de entre San Antonio de Padua y San Lorenzo, por lo que hoy viste túnica franciscana el Miércoles Santo y ruán en la Madrugada, su breve radio de acción se limitaba al poniente cofrade de las Penas, el Museo, la Bofetá, el Buen Fin, las Siete Palabras, el Gran Poder y la Soledad de San Lorenzo. A ellas que se añadían las cofradías que pasaban -Hiniesta, Amargura, Lanzada, Montesión, Macarena- por la frontera de la Alameda. Las restantes cofradías las tenía que ver con los mayores. Y no todas, porque su familia no era muy cofrade. El niño leía en su programa nombres de barrios -Porvenir, Tiro de Línea, Tardón- que nunca había pisado; y veía en las postales Escudo de Oro pasos que nunca había visto.

Cuando pasaban las bullas de Semana Santa le dejaban moverse por Sevilla, pero con límites que él empezó a saltarse pronto. En las largas tardes de junio o julio se iba a la Catedral y desde allí remontaba calle a calle los itinerarios de vuelta de las cofradías, utilizando su programa como guía, hasta dar con la capilla de la que salían. Como si remontara ríos hasta sus fuentes. Después volvía siguiendo el itinerario de ida hasta regresar a la Catedral.

Cuando me lo contaba recordé mis primeros paseos solo, los primeros autobuses que cogía con mil recomendaciones maternas sobre dónde tenía que bajarme, las primeras rabonas: el descubrimiento de Sevilla. Y me imaginé a este niño, programa en mano, arrancando una tarde de julio de la puerta de los Palos para emprender su solitaria marcha por Triunfo, Contratación, Palos de la Frontera, parque de María Luisa, Borbolla, Brasil, Progreso y Porvenir. O tomando el mismo camino para después tirar por Felipe II, Collaut Valera, Teatinos y Romero de Torres. O poniendo rumbo opuesto hacia el Postigo, el Arenal, el Paseo de Colón -porque entonces la cofradía salía directamente a él desde Adriano-, el puente, el Altozano, San Jacinto y la Avenida de Coria hasta llegar a la plaza de San Gonzalo.

Así, siguiendo el itinerario de las cofradías que venía en el manoseado programa que guardaba todo el año, e intuyendo que detrás de estas cosas latía algo más grande que ellas mismas, fue descubriendo Sevilla el niño de este cuento verdadero que no es de Semana Santa, sino de después de la Semana Santa. Se llama Gerardo y es amigo mío.

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