La tribuna

Jesús Cruz Villalón

Desvío de llamada

LA crisis económica ha impactado con fuerza sobre el empleo, llegando ya al millón de empleos destruidos, en cuantía y porcentaje que lo sitúan en el más elevado de todos los países de Europa. A pesar de su origen común a nivel internacional, en España ha coincidido con nuestra particular situación de la construcción y de desequilibrio de nuestra balanza comercial; por ello, el resultado sobre el empleo está resultando mucho más intenso. En este contexto la situación resulta particularmente delicada entre los inmigrantes, en la medida en que han venido ocupando los trabajos más descualificados y al propio tiempo son quienes menos recursos poseen para hacer frente a situaciones de dificultad.

Durante los últimos años la inmigración ha dinamizado nuestra sociedad desde muy diversos puntos de vista y ha sido asimilada con enorme facilidad, en términos que ni los más optimistas esperaban. Sin embargo, todo ello ha coincidido con un periodo de elevado crecimiento del empleo y sin problemas de concurrencia de trabajos con la población nacional. Así, la prueba de fuego se presenta en este nuevo escenario adverso, donde pintan bastos y tenemos que estar muy atentos a las reacciones políticas y sociales derivadas del incremento del paro.

Ante todo, no es nada recomendable hacer comparaciones entre el empleo ocupado por los inmigrantes y las dificultades que sufran los nacionales. El mercado de trabajo hoy resulta tan complejo que pueden producirse situaciones dispares, que sigan haciendo necesaria mano de obra externa para determinadas actividades de difícil ocupación, al tiempo que aumentan las cifras globales de paro. No todos son vasos comunicantes y, por tanto, el desplazamiento de trabajadores de unos a otros empleos o sectores es más difícil de lo que se piensa.

Las medidas gubernamentales dirigidas a abonar la totalidad de la prestación por desempleo a los inmigrantes que retornen y se comprometan a no volver por un tiempo, tienen el valor emblemático de mandar el mensaje a quienes tenían planes de venir de que nuestro mercado de trabajo actualmente en sus cifras globales se encuentra saturado y, por tanto, intentan desviar la llamada hacia otros territorios. Sin embargo, no es esperable que tales medidas vayan a provocar el retorno de un elevado número de inmigrantes ya instalados aquí. En la medida en que la situación es de crisis generalizada en todos los países, sus expectativas vitales pueden ser peores regresando. Puede resultar ilusorio y nada conveniente pretender pasar de golpe del efecto llamada a otro contexto en el que se inviertan las tornas, como si fuera igual de fácil que el interruptor que se enciende y apaga a nuestro antojo. Estos procesos sociales son lentos, aunque los mensajes ya están llegando con nitidez, sin necesidad de provocar situaciones de tensión innecesaria y, mucho menos, con la irresponsabilidad de desencadenar enfrentamientos entre unos y otros.

Al propio tiempo, uno de los aciertos en la política de inmigración desarrollada ha sido el abordar con valentía los procesos de regularización que han sido necesarios, pues con ello se ha integrado a los inmigrantes con plena equiparación de derechos y cargas; sobre todo, se ha conjurado el riesgo de que la economía sumergida creciera notablemente entre la población inmigrante. Las regularizaciones han permitido su plena afiliación a la Seguridad Social, de modo que ahora han cotizado lo suficiente como para tener derecho a las prestaciones por desempleo.

Por tanto, el resultado debe ser valorado positivamente: no sólo se trata de una respuesta de justicia, de atención a situaciones de dificultad y de correspondencia con el esfuerzo realizado, sino que también amortigua los efectos negativos de la crisis, ofreciéndoles el necesario paraguas para guarecerse del chaparrón y, al final, evitar situaciones más complicadas de marginalidad. Del mismo modo, teniendo en cuenta que el trabajo oculto constituye una de las mayores lacras que puede sufrir cualquier economía desarrollada, hay que evitar a toda costa que ahora se produzca un reverdecimiento de la economía sumergida entre los inmigrantes.

En todo caso, ha de asumirse que el proceso de inmigración es estructural y no de mero paso, como es estructural en otros países europeos que nos han precedido. Los inmigrantes no son una mera mercancía de usar y tirar. La mayoría se encuentran asentados en nuestro país con voluntad de permanencia, por lo que las políticas en la materia deben proyectarse a largo plazo, ser estables en el tiempo y no sufrir vaivenes bruscos.

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