Fede Durán

Diferencias entre charlas públicas y privadas

ZAPATERO y Rajoy se verán la semana próxima se supone que para arreglar el país. O al menos para contrastar la eficacia de sus respectivas fórmulas en busca de la síntesis perfecta. Chocarán esos cinco en la escalinata de La Moncloa, sonreirán y regresarán a la rutina con mensajes absolutamente opuestos al afán conciliador mostrado en privado. Cada uno defenderá su verdad, dogma contra dogma, sensatez de estadista frente a estupidez, pereza o tremendismo. Irrumpirá agosto y la política será un erial.

Treinta días de vacaciones arrasarán el recuerdo. Pero la crisis seguirá medrando. Y la hipoteca nunca se olvida. Como tampoco se descatalogan los atentados de ETA. O las pateras cargadas de vivos y muertos. O los Presupuestos Generales, que son como los días de la paga en el tugurio mafioso de La ley del silencio, donde cada uno escogía una silla cercana al jefe para estirar la mano y chasquear los labios. O incluso el fantasmal estado de la Justicia.

Zapatero y Rajoy se verán la semana próxima se supone que para pactar el funcionamiento de la nación en algunos de los asuntos anteriormente referidos. Se insulten o no, la cosa está más fácil que nunca. El Gobierno ha prometido, con su habitual ambigüedad léxica, no hablar con los terroristas, así que el PP debería ser capaz de dar un paso al frente para rescatar aquel pacto que unía a los dos grandes en una nada desdeñable causa común. Rajoy lograría de paso marcar distancias aseadamente con la AVT, a veces demasiado incómoda y gritona para quien vende moderación.

Nadie sabe si la economía tiene solución, pero, dado el carácter cíclico de la historia también en este terreno, convendría que unos y otros enseñaran sus mejores armas y las fusionaran en plan dream team. Solbes y Rato, egos aparte, formarían un buen tándem y demostrarían de paso que el patriotismo está por encima de los matices ideológicos. Como el ministro asume día a día la cruda estampa de la recesión, ya se atreve a decretar medidas impopulares que compensen la generosidad zapateril: 400 euros extra, sí, pero que las comunidades autónomas vayan ajustándose el cinturón hasta el último agujero porque este año la tarta será ridícula.

A la vuelta de la playa habrá tareas de asunción inmediata. Ni más ni menos que la consulta de Ibarretxe, salvo que el Constitucional le ahorre al Ejecutivo la fea misión de imponer la legalidad en una parte de España. El mismo ex prestigioso tribunal tendrá que mojarse de una vez sobre el Estatut. Muerte o esperanza, que diría Artur Mas, y posible onda expansiva en otras tierras con textos parecidos que quizás alguien coherente ose recurrir.

Serán meses en los que comprobar el recorrido del nuevo espíritu del PP. Es paradójico que decida templarse justo ante el contexto más favorable a sus aspiraciones. Los nubarrones sobre el Gobierno implican siempre réditos para el opositor hábil. Por cierto, parece que en esta liga los demás no juegan. IU ha interiorizado su rol hasta el punto de hacernos creer que ya ha desaparecido.

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