cuchillo sin filo

Francisco Correal

A Dios le gusta el bádminton

LA lluvia deslució por completo el Martes Santo. La radio informaba de los descartes procesionales: es mucho el patrimonio artístico que sale a la calle para exponerlo a su deterioro; y es mucho también el patrimonio espiritual como para que esas decisiones mermen el cometido de una hermandad a lo largo del año. Entramos en el cine. La película se titulaba Cartas a Dios, la ponían en el cine Cervantes, que está en la calle Amor de Dios. Varios jóvenes venían de una de las salidas fallidas. Uno de ellos bromeaba con la condición de misericordioso de Dios. Si ésa es su misericordia, dejar a sus hijos sin disfrutar de rendirle pleitesía y adoración por las calles de la ciudad, cómo sería ese Dios si se llamara a sí mismo cruel y sanguinario. Es una interpretación de esa rabieta teológica. En el cine estábamos cinco personas. El Dios que llena las calles vacía las salas de cine. La película del francés Éric-Emmanuel Schmitt es una adaptación de la novela Oscar y la dama rosa. Una traslación invernal y conmovedora de las cabañuelas de agosto de Antonio Burgos. Salimos del cine y por la calle llena de charcos caminaban descalzos dos nazarenos con la túnica blanca del Dulce Nombre. Dulce como el regusto que nos dejó una historia tremenda sobre la inocencia y el sufrimiento. Dios es el destinatario de las cartas de un niño enfermo de cáncer. Le encantará a María Luisa Guardiola y a todos los que se dejan la piel por hacer más llevadera la vida de niños con diagnósticos oncológicos.

El Miércoles Santo las nubes no dejaron salir al sol, pero se apiadaron de las cofradías que hacían su estación de penitencia. No es misericordia, es meteorología. Vimos el palio de la Lanzada por la Alameda entrando hacia la calle Trajano. Me fui a casa a ver la final de la Copa del Rey. Mi mujer se fue a la salida de los Panaderos. Le dije que le pidiera por la gente que queremos, por los que ya no están. Ni se me ocurrió decirle que pidiera por el Madrid. Jamás he usado a Dios para las inmanencias. Imagino que Dios es del Madrid y del Barça. De todos y de ninguno. O igual le gusta el bádminton. Me parecía una horterada y un sacrilegio cada vez que cierto personaje sacaba del bolsillo una estampa del Gran Poder y le daba dos besos. Golearás al prójimo como a ti mismo. Lo cierto y verdad, según me contó mi hija Carmen, fue que justo cuando la iglesia de Omnium Sanctorum acababa de cerrar sus puertas al último nazareno del Carmen Doloroso, el gol de Cristiano Ronaldo, su estruendo y su júbilo, salió de los bares Hércules y Guadiana. Unos bebieron de la Copa y otros del Cáliz.

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