El Currinche

Iñigo Ybarra

Disfrazar la muerte

QUÉ razón tuvo aquel dicharachero vicepresidente del Gobierno al profetizar que a España "no la va a conocer ni la madre que la parió". El hombre la clavó. Bien es verdad que fue en lo único que acertó en su dilatada vida política, bueno, y en colocar a alguno que otro de sus hermanos.

Entre las transformaciones que se han ido sucediendo desde entonces, una de ellas es la de ir pervirtiendo el idioma trastocando palabras y conceptos. Con dicha permuta se pretende, en el mejor de los casos, intentar cambiar la realidad por otra más tontorrona o liviana; y en el peor, negarla. Los pobres, por ejemplo, ya no existen, ahora son personas en riesgo de exclusión social, vamos, que no es que pasen más hambre que el viejo Carpanta sino que, por lo visto, no pertenecen a ningún club social o algo así. A los saltimbanquis se les define y se les señala como intelectuales, y a éstos ni se les nombra porque interesa bien poco poner uno verdadero ante los focos de atención, no sea que despierte al personal de su idílico letargo.

A tanto han llegado las mudanzas del lenguaje que de sus consecuencias no se libra ni la muerte. Ya no se muere nadie. La gente "se va" por las buenas, como el que coge el tren para Málaga más o menos. Otros sin embargo no se van, "nos dejan". Es fácil escuchar a la locutora televisiva de turno recordar la efeméride de un fallecimiento diciendo: "Hoy hace tres años que nos dejó el gran percusionista mengano" Y acto seguido, uno de los deudos del recordado certifica el asunto: "Sí, tal día como hoy se nos fue". ¿A donde iría el famoso percusionista? ¿Tan inaguantables eran sus amigos y familiares para que tuviera que dejarlos así, de sopetón?

La muerte, dada su trascendencia, siempre contó con un considerable número de sinónimos, pero todos y cada uno de ellos están basados en detalles que la identifican o realzan. Cuando alguien la espichaba se sabía a dónde iba de momento; ¡al hoyo! Los más allegados hasta pronosticaban una segunda etapa para el finado: "Ese va derechito al infierno. ¡Valiente cabrón malaje!" Ahora, como al infierno no baja ni el demonio, empeñado en quedarse por aquí haciendo de las suyas, con bastante éxito por cierto, el común no sabe muy bien a qué atenerse. Quizá sea el motivo último que le anima a decir que fulanito "se fue", y eso que no sabe a donde se va, y dada las circunstancias mejor que ni lo sepa.

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