La ciudad y los días

carlos / colón

Disgusto sin dolor

LA compañera María José Guzmán utilizaba la semana pasada el estado del pavimento de la calle Cuna y su parcheo de emergencia como metáfora de la situación de Sevilla: "En la calle Cuna, en pleno corazón de la ciudad, hay 32 baches parcheados que convierten el paseo por este cardo maximus de la capital en una experiencia senderista por la sierra norte". Senderismo urbano hay mucho por toda Sevilla. Basta pasar por el legado del PA en las aceras de Placentines y las gradas de la Catedral -las losetillas móviles que escupen agua sucia o meado equino al pisarse- o por el legado del PSOE en la Encarnación y la Alameda. Como estamos en la moda de llamar marca al conjunto de atractivos y valores de una ciudad o una nación, en una brutal reducción de toda realidad a mercancía (hasta ahora la aplicación de marca a un territorio se limitaba a las fronteras de la Marca Hispánica), podrían publicitarse los paseos por la marca Sevilla como deportes de riesgo. Y eso que el actual Ayuntamiento lleva invertidos casi tres millones de euros en reparar pavimentos. Pero las cosas, tras el PA y el PSOE, están como están.

Me decía el otro día una amiga, y sin embargo arquitecta, que había por lo que luchar y mucho que salvar en Sevilla. Es de fuera. Vive en Sevilla hace 20 años. Padece y detesta el horror de la mayor parte de lo construido en el casco histórico desde los años 60 hasta hoy -de la Campana a la calle Imagen y las setas- pero no ha conocido lo que se derribó para construirlo. Lo tuyo, le dije, es disgusto por lo existente sin dolor por lo perdido. Cuando veo las setas no sólo contemplo el mamarracho de los socialistas y el alemán, sino el mercado que se derribó en 1973. Cuando contemplo los grandes almacenes no sólo veo sus mediocres arquitecturas, sino los palacios del duque, el teatro San Fernando o el Hotel Madrid. Esto marca una diferencia. Por eso, le dije, creo que hay poco, muy poco que salvar. Piezas aisladas en una ciudad cuyo encanto residía en sus conjuntos. Monumentos desarraigados de una ciudad cuya belleza era la convivencia entre los monumentos y la frágil modestia de las paredes de cal del caserío que los envolvía, los comercios que eran su vida y los pavimentos que eran su piel.

Se preguntaba el compañero Navarro Antolín si se podría afear más la Encarnación, y contestaba que sí. Todo se puede dañar más, siempre. Pero en el caso de Sevilla los daños se hacen a un cadáver patrimonial.

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