la ciudad y los días

Carlos Colón

Disparates que engendran disparates

NO amaina la tormenta desatada por los disparates escritos en algunas voces del Diccionario Biográfico Español. Disparates que, cosas de España, han engendrado algunas réplicas disparatadas. Una historiadora ha dicho que la Real Academia de la Historia "sigue siendo feudal y burguesa, elitista y anacrónica". Si es feudal desde luego es anacrónica, de eso no cabe duda. Pero que sea burguesa dice poco sobre ella, salvo que se milite en la izquierda feudal; y que sea elitista puede ser tan positivo como negativo, dado que la palabra élite tiene significados distintos (y más en estos convulsos tiempos belenestebánicos) según se aplique a lo político, lo social o lo cultural. Otro historiador, víctima de un ataque de pánico, la ha acusado de contribuir al "desmoronamiento de las condiciones de cientificidad de las humanidades". Apocalíptico.

El ministro de Educación le ha reprochado que "no responda al rigor histórico de los trabajos académicos", en lo que tiene razón; pero se ha equivocado al añadir que ha "herido la sensibilidad, la memoria y las convicciones de muchos ciudadanos", cuestiones subjetivas ajenas al rigor historiográfico. También se ha recordado que 15 de los 36 miembros de la Academia superan los 80 años. Salvo que se padezca gerontofobia, poca información añade este dato. La avanzada edad de un historiador no resta rigor a sus trabajos; si acaso, como experiencia, lo añade. La longevidad fecunda no puso en cuestión los últimos trabajos de don Antonio Domínguez Ortiz ni invalida las recientes aportaciones de Eric Hobsbawm, quien a sus 94 años sigue publicando.

Para desacreditar a algunos redactores del Diccionario hasta se ha recurrido a un diccionario de historiadores españoles en el que se recogen, no sólo sus metodologías y publicaciones, sino sus perfiles políticos, ideológicos y de creencias. La cosa puede ser comprensible, porque añade una información útil, si se trata de historiadores ligados a opciones políticas o religiosas radicales que supongan un infranqueable hándicap metodológico. En otros casos la cuestión es más resbaladiza. De uno se dice que es "simpatizante del Opus Dei". ¿Cómo se demuestra (si fuera necesario hacerlo, que creo que no), no ya la pertenencia, sino la simpatía? La cuestión se agrava conforme los perfiles se alejan de lo concreto y se añaden las creencias. Decir que un historiador es "democrático y liberal" poco aporta a su perfil metodológico. Y menos aún aporta, como se hace en otro caso, decir que es "de orientación intelectual católica". Salvo que, aprovechando la polémica, se esté ejerciendo una forma suave de depuración.

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