La ventana

Luis Carlos Peris

Era Domingo de Pasión y no lo parecía

DOMINGO de Pasión y no más que parecía que el tiempo se adelantaba una semana en lo que será la ciudad así que la burra baje por la rampa. Gente que iba y venía a la contemplación de esos pasos que ya se ponen a punto. Ver a la Esperanza morena en Pureza o la hermosura hecha llanto en San Juan de la Palma se compatibilizaba con la sensación de que ese olor que forma parte de la banda vital de la Semana Santa, el del azahar, va a faltar a lista. Se producía una eclosión al señuelo de las prisas y de unos cielos tan altos que ojalá sean idénticos dentro de una semana. Al conjuro de los veintitantos besamanos o besapiés, las calles se convertían en ríos de vida como en un anticipo de lo que está por llegar y que tanto se hace esperar a causa de los caprichos luneros. Era Domingo de Pasión y lo cierto es que sólo faltaba alborozarse ante la visión del primer nazareno.

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